Últimamente se ha puesto muy de moda el lema ”todos somos” para ofrecer un mensaje de solidaridad a las víctimas de la catástrofe. Todos sentimos el dolor ajeno cuando golpea con violencia de frente, y por eso se nos mueven los sentimientos más elevados. Pero también sentimos apasionadamente la alegría del grupo, la celebración, las buenas noticias que aportan un poco de esperanza, y, cómo no, el amor. Somos un oleaje indomable cuando algo nos toca muy dentro. Cuando el dolor nos dobla. Cuando el odio nos ciega. Cuando el amor nos quema.

De todos los sentimientos humanos, el amor es sin duda el sentimiento rey. Me fascina el poder del amor para mover acciones realmente locas. ¡Qué cerca está el amor de todos los extremos, incluida la muerte! Y cómo nos encandila esta locura del amor extremo…

Ahora que acabo de regresar del Veneto, donde he pasado unos días, y que he tenido la oportunidad por fin de conocer Venecia y recorrer sus canales con la sombra “shakesperiana” del mercader pisándome los talones, nublándome la mente de intrigas inexistentes bajo máscaras que te miran desde mil rinconcitos, soñando literatura, en definitiva; ahora que he llegado a la puerta de la casa ficticia donde una joven de tez nívea, también de mentira, amó hasta quitarse la vida… he visto con mayor claridad si cabe hasta qué punto “somos todos” cuando algo nos toca.

En realidad esta vez éramos más bien “todas”, o mejor, “casi todas” aquella Julieta del Shakespeare trágico que no creía en el amor perdurable; que lo llenaba todo de muerte o de burla, jamás de final feliz o broche dorado. La vida está, si una lee a Shakespeare, para llevarse lecciones teñidas de sangre, o para dejar atrás con un reguero a tu paso, que será la lección que aprendan los que no amaron.

¡Qué inteligente argucia se buscó el genio para hacernos bucear en la naturaleza humana! ¡Y qué huella de realidad tatuó su literatura en la piel más joven, que aún hoy, cuatro siglos más tarde, es capaz de cruzar continentes para subir al balcón donde seguramente nunca hubo una verdadera Julieta! La leyenda posterior a la invención literaria ha llegado a nublarnos la mente hasta confundir, siquiera por unos instantes, la realidad y la ficción.

Me fascina la reja llena de candados en forma de corazón, las palabras escritas en todos los muros que rodean el patio donde el Montesco sedujo a la Capuleto sentenciando a muerte las vidas de ambos. Las fechas escritas en todas partes jurando ese amor “para siempre” que tanto anhelamos…Me fascina la casa, donde enseguida imaginas un baile de máscaras y sueñas el encuentro con tu alma gemela. Pupilas que de pronto se cruzan y saben que se pertenecen, ¿no es delicioso? Me fascina el lecho donde jamás se amaron los dos inocentes, porque para entonces el amor literario no era cuerpo sino más bien delirio. Me fascina, sin más, la historia de amor inconsciente mejor inventada.

Tan magníficamente inventada, que al entrar en el patio dejando atrás el ajetreo veraniego de la Via Cappello, ya te imbuye la sensación veraz de estar recorriendo la Historia. Las mayúsculas y minúsculas se funden y confunden en Shakespeare, porque lo que en realidad recorres son las páginas de una historia creada, un sueño en la mente del genio.

No todas somos Julieta, es verdad. No queremos morir por amor ni vivir un idilio imposible, llámenlo pragmatismo. El siglo XXI es tiempo para otras cosas además del amante. Vivimos una época de ambiciones un poco más tangibles. Por eso al llegar a Verona algunas soñamos la vida del creador y no la leyenda. Lo que nos inspira es la creación en sí misma, la mente que dio forma al personaje más vivo de la literatura, las páginas llamadas a hacer Historia. La gran literatura nace bajo no se sabe qué circunstancias, y el que lleva dentro el germen de la escritura en realidad sueña solo una cosa: crear ese personaje que nace eterno.