Comunistas, marxistas, estalinistas, castristas, chavistas, capitalistas, fascistas, nacionalistas, populistas, socialistas, independentistas, anarquistas, humanistas, abortistas, anti-abortistas, existencialistas, feministas, machistas, fundamentalistas, ecologistas, animalistas… La lista es interminable. Cada nombre es potencialmente un movimiento ideológico, la excusa (más o menos “solvente”) para un nuevo ideario que le ponga a uno en marcha, que le ofrezca el marco posible de referencia para construir una nueva visión, dibujar una bandera, acuñar un eslogan, componer un himno y salir a la calle con un montón de panfletos y un altavoz para reivindicar los derechos que han sido violados. A saber: Ser el pueblo oprimido, ser mandatario de Dios, ser protector de los ecosistemas, ser defensor, o defensora, de las mujeres, o de los hombres, o de la humanidad conocida, o de ciertas fronteras, o de la riqueza material, o de un sistema de castas.

El súmmum, a mi entender, es la defensa del derecho de uno a no haber nacido, y la búsqueda de una compensación por el mal causado, que podría ser algo así como decir: “Madre, padre, haberme abortado, o haberme evitado, porque ahora por tu culpa, o “la vuestra”, me toca vivir, y no solo vivir, me toca gestionar toda una vida en este mundo terriblemente absurdo y hostil; y resulta que yo estaba mucho mejor en el limbo”. Vivir es difícil.

Esta transcripción, hasta cierto punto, es mi versión de lo que cuenta un artículo que me ha dejado pasmada. El titular dice “Un indio demanda a sus padres por haberlo tenido sin su consentimiento”. Y la razón no es otra que lo que resumo en el párrafo inmediatamente anterior: ¿Quiénes son los padres de uno para ir por ahí concibiendo sin permiso a quien treinta años más tarde habrá llegado a la conclusión de que su elección hubiera sido quedarse formando parte del Todo, en lugar de encarnar en un cuerpo que lo mismo ni siquiera te gusta, y con el que vas a tener que apañártelas para vivir durante 70 años de media? Así visto, yo misma alcanzo a entender su razón ideológica.

Este antinatalista que ha recogido en un vídeo su argumentario con el que defiende el derecho violado por su progenitores, a los que no obstante quiere, considera que la concepción es una muestra de egoísmo hedonista, una búsqueda del propio placer a costa de las aflicciones del hijo, que ha de vérselas con todo un destino por cumplir, incluyendo las expectativas que los propios padres pondrán en él algún día.

El movimiento antinatalista sigue ganando adeptos, sobre todo aquellos que se niegan a ser juzgados por su elección de no tener hijos. Pero mas allá de la opinión que pueda merecernos esta propuesta ideológica, lo que me resulta de gran interés son los mecanismos mentales que favorecen el desarrollo de ideologías, y consecuentes “movimientos de masas”. Y esto por las consecuencias nefastas que en el pasado ya han demostrado tener algunas de estas ideologías.

Leyendo a filósofos y pensadores que han investigado el tema de las ideologías y movimientos de masas, es fácil llegar a la conclusión de que existe un denominador común: el dualismo. Toda ideología divide la realidad en dos, y solo dos partes, que necesariamente están enfrentadas. Así pues, una visión simplista de la compleja realidad que vivimos, sería el punto de origen de los movimientos ideológicos, y de los efectos que quienes se sitúan en alguno de los extremos están dispuestos a ocasionar en el ámbito de lo común, con tal de lograr que su “movimiento” se imponga. John Searle, profesor de filosofía en la Universidad de California, sugiere que el lenguaje es nuestra principal herramienta para dividir el mundo, de ahí que el misticismo silencioso sea tal vez la práctica más saludable para volver a unirlo. Otros pensadores definen la ideología como una forma de esquizofrenia: vivir el propio sueño y no la realidad. Si así fuera, probablemente vivimos la etapa más esquizofrénica de nuestra Historia.