Nadie se moja, y por eso el mundo está como está. No nos mojamos porque tenemos miedo, un miedo que se alimenta porque conviene a cuatro; porque es más fácil dominar desde el miedo que liderar, motivar, impulsar, emocionar. Podrían alcanzarse las mismas metas, incluso metas muy superiores, pero no conviene asumir el riesgo de estar rodeado de seres libres. La libertad siempre mira de frente y no se detiene. Las empresas, las naciones, los partidos políticos, las religiones; todos quieren el control rápido de la situación. La prisa por encontrar rentabilidad, ciega. Y con la ceguera llega, ¡cómo no!, el fanatismo. Parece que ahora esa palabra, fanático, únicamente señala a los que se han dejado absorber por una idea de Dios y siembran el terror en las calles. Pero yo veo fanáticos todos los días, y están mucho más cerca de lo que pensamos, y son igualmente letales. Hay maneras de morir lento que están vergonzosamente institucionalizadas, y resulta que nadie se moja. O muy pocos. (Hablo de la muerte lenta de la esencia humana, ese tesoro escondido que asusta cuando se asoma y por eso hay quienes hacen lo posible por apagar la voz de otros).

Mi reflexión es para esos que ven lo que está pasando y no alzan la voz, o no dan un paso adelante: la mayoría silenciosa. El concepto ha sido ampliamente utilizado, pero me gusta especialmente la definición de Antonio Maura cuando habla de la “masa neutra”. Neutro es, diría, el color de la nada. También el presidente de Portugal tras la caída de la dictadura militar, Antonio de Spínola, se refirió en un discurso a esta “mayoría silenciosa” que finalmente acabó con el anterior régimen en la Revolución de los Claveles de 1974. La masa silenciosa, que no se moja, puede cambiar las cosas cuando lo hace.

Por eso me resulta lamentable oír quejas en el entorno laboral, precisamente entre quienes menos se mojan. Quejas sobre los pésimos jefes que se autodenominan líderes, acompañadas de suspiros y sueños de libertad. Estos son, con frecuencia, los que miran hacia otro lado cuando en el entorno laboral se produce abuso de poder, descalificación, mobbing. Lo estoy viviendo de cerca. Si además se trata de una mujer, hay un listón diferente para medir esa senda de lo que es “razonable”. El ámbito laboral, y el político y el social; están llenos de grandes teóricos de la mejora, esos que saben lo que hay que hacer pero jamás mueven un dedo por el que sufre.

No. No es razonable nunca sembrar el miedo a tu alrededor. Una mujer trabajadora puede convertirse en el ser más vulnerable sobre el que un mal jefe puede descargar su estranguladora estrategia de dominio. Una mujer trabajadora es, por antonomasia, el tronco estructural de sus hijos. En líneas generales, mucho más de lo que lo es cualquier hombre por una cuestión biológica. Es tremendamente sencillo: una mujer pare un cachorro y lo lleva colgado a la espalda durante toda la vida aunque el cordón umbilical haya sido cortado. Ese lazo, salvo excepciones rarísimas, es la garantía de continuidad de la vida, y por mucho apaño legal que queramos articular en aras de una igualdad de oportunidades, tanto a nivel laboral como en relación a los derechos del padre sobre el cachorro, la maternidad está concebida para ofrecer protección a costa de lo que sea.

No digo que el hombre no pueda entrenarse y desarrollar esa capacidad de entrega casi absoluta. Por supuesto que puede y de hecho hay hombres que son mejores madres que las propias madres biológicas. Lo que digo es que las mujeres seguimos estando en situación clara de desventaja, y con frecuencia esta circunstancia se agrava en los contextos laborales más tóxicos. Sería razonable que la “masa neutra” diera un paso adelante, pero eso supondría estar libres de miedo.