Hay una moda que está tomando fuerza: la moda “sin niños”.

Lo que hace unos años era una elección de vida de quienes decían querer evitar el trauma de un mundo sin esperanza a esos futuros hijos nunca nacidos, hoy es una moda a la que se han adscrito los restaurantes y hoteles “inclusive”, “pet friendly”, “gay friendly”; all in all “friendly” con todo, excepto con el ruido y molestias que causan los niños.

La noticia que dieron el otro día en una cadena de radio me provocó risa y espanto. Una novia en su banquete de boda había prohibido (sí, sí, “prohibido”) la asistencia de padres con niños. No es que hubiera “pedido” amable y lógicamente el buen comportamiento de los pequeños, es que puso literalmente en la calle a un papá que decidió llevar a sus hijos, quizá dando por sentado que la prohibición debía ser alguna metáfora graciosilla en el pie de la invitación. Pues no; la frase “tendremos que echarles” era un aviso que la novia cumplió, y no me extraña que alguna cadena de radio se hiciera eco.

Me resulta curioso, como sugería más arriba, que en esta época que atraviesa nuestra sociedad, donde queremos ser inclusivos y ofrecer apertura a todo lo que se haya visto perseguido en alguna medida en otros momentos de nuestra historia, veamos con razonable comprensión este veto a la nueva savia que representan los niños.

No sé si somos conscientes de que nos convertimos en un país (y una Europa) de tercera edad. Y esto por cierto supone una preciosa riqueza precisamente para nuestros niños, porque ofrece una visión maestra de la vida, ya templada por los años, que algunos recordamos como una caricia. Esos momentos con los abuelos son inolvidables para muchos de nosotros.

Pues resulta que esta sociedad que envejece, arrincona la sabiduría de sus mayores (y esto es materia para escribir largo y tendido) y veta lo común a los niños. Los dos pilares de toda sociedad, humana o animal gregaria, experiencia y continuidad, son apartados a los rincones de la soledad y el silencio, como en esas clases de los maestros antiguos donde el castigo era mirar hacia la pared de espaldas al mundo. Me resulta triste y a la vez alarmante.

Yo que trabajo con caballos para desarrollar esas habilidades que Goleman denominó “blandas”, veo a diario el ejemplo de la yegua “líder”, la más mayor y experimentada del grupo, sobre los potrillos. Les pone límites y paciencia, les dedica su comprensión, su sabiduría y su tiempo. Los entrena para estar integrados y ofrecer algo valioso a su grupo. Por supuesto, esa yegua no desatiende otras responsabilidades que tiene, entre ellas cuidar de sí misma. Y además, comparte esa labor con el semental que vela por la seguridad del grupo, y que va en retaguardia observándolo todo, sin desatender tampoco algo tan elemental como su propia seguridad y bienestar.

¿Cómo va un niño a entender y construir una sociedad que le veta los espacios comunes?

A veces pienso que esta sociedad adulta que vamos creando entre todos, en realidad está llena de niños simbólicos que eligen y actúan para cumplir sus propios deseos, y no para construir algo común que ofrezca bienestar para todos. Supongo que es agotador este trabajo individual que nos toca, y que implica cuidar y construir lo común, empezando por abrir un poco los ojos para entender qué significa en cada momento la palabra “todos”, y cómo hacemos para que eso común tenga una forma en la que quepa ese “todos”.

Sin niños no hay brotes cuando la nieve del invierno por fin se retira. No hay primavera llena de flores, como no la hay tampoco sin hojas de otoño alfombrando los bosques. Sin niños no hay estación de verde esperanza. Recapacitemos un poco sobre esta necesidad que tenemos de saciar nuestros deseos más inmediatos, y en qué forma deja espacio para que la vida en todo su conjunto se exprese.

Nota. Friendly es un vocablo inglés que en español puede traducirse como “amigo de”.