Hace poco más de cien años, Eduardo Zamacois cambiaba el título de una novela que había escrito y publicado en 1910, “Los Emigrantes”, por el que Uds. acaban de leer, que para él resultaba “más expresivo y de una elegancia eufónica mayor”.
Eduardo Zamacois nació en Cuba en 1873 y murió en Buenos Aires en 1971. Vivió de niño en Francia y de adolescente en Madrid. Fue periodista, uno de los primeros autores de novela corta, editor (uno de los creadores de la Editorial Sopena), corresponsal de guerra en la I Guerra Mundial y en la Guerra Civil española….Y tiene una producción de novelas de 120 títulos, algunos de cuyos originales desaparecieron en los primeros años del franquismo. Se exilió después de la caída de Barcelona en 1939 y vivió en Estados Unidos, y sobre todo en Argentina. Volvió a España en 1969, pero para él, republicano absoluto, no era este Madrid el que deseaba reencontrar. Y volvió a Buenos Aires, donde falleció poco después. Está considerado el último superviviente de la generación del 98, y por desgracia, como es habitual, la mayoría de su obra está descatalogada y, lo que es peor, es desconocida. Aquellos de Uds. que hayan leído “Viaje en Autobús”, de Josep Plá, e incluso “Viaje a la Alcarria”, de Cela, disfrutarían con “Memorias de un vagón de ferrocarril”, escrita por Zamacois en 1922. Si la encuentran, claro. El protagonista es un vagón de tren, El Cabal, que viaja por toda España y cuenta las conversaciones y el comportamiento de los distintos viajeros que viajan en él. El hilo conductor son los comentarios de los vagones cuando coinciden en un apartadero y pasan el tiempo contando anécdotas.
Todos hemos leído novelas de viajes por mar, o hemos visto películas e incluso series de televisión que se desarrollan en un crucero. Hemos seguido la vida de los diversos pasajeros, en general de las clases altas, y de las tripulaciones. Y la descripción de Zamacois de los viajeros, sus conversaciones, sus gustos, es en general como lo que conocemos. Bueno, con una diferencia: está escrita en 1910. Supongo que algunos guionistas de generaciones muy posteriores la habrán leído y usado. Matizándola, porque nuestro autor se caracterizaba por ser en cierto modo pionero de un género de novela con un alto grado de erotismo, pero además por la lucha por la libertad contra una asfixiante clase oligarquía, conservadora, y favorecedora del dominio absoluto de las clases altas sobre los trabajadores y la inmensa mayoría del mundo rural. Desgraciadamente más en España que en el resto de los países europeos.
De ese mundo provienen los emigrantes, turcos, italianos y sobre todo españoles, que se encaminan hacia un país en el que les van a facilitar tierras gratis para que las trabajen y puedan vivir. O trabajar sin esclavitud en la ciudad, Buenos Aires, ganando lo suficiente para mantener una familia. Y la descripción de Zamacois, a través del médico italiano que forma parte de la tripulación, de los emigrantes, sobre todo de los españoles, es aterradora. Se desespera porque en España no se puede bañar a los niños hasta que cumplen doce años (¡), y contra las enfermedades producidas por infecciones no hay remedio, por leves que sean. Cuenta una escena en la que una madre acude con una niña muy pequeña en brazos porque está muy caliente y casi sin sentido y el médico le dice que la lave bien, que tiene una infección, y la madre coge un trapo, escupe en él y va a limpiarla. Y el médico coge a la madre por el brazo y la expulsa de la habitación.:“Con saliva no, señora, la está infectando” Y la madre no entiende nada.
España, 1910. La novela, como todo Zamacois, está descatalogada. Y olvidada, como su autor. ¿Por qué?

