Hay cosas que no cuentas, quizá por vergüenza o pudor mal entendidos. O porque, como en mi caso concreto, tu padre te miró raro cuando le dijiste llena de entusiasmo que un editor de Barcelona estaba interesado en publicar tu primera novela y te había convocado a una reunión en la ciudad condal, y a gastos pagados: hotel, avión, comida, cena…
Fue así como sucedió: Ese día escuché a mi padre emitir lo que asumí que era solo un prejuicio, y me sentí incluso ofendida. ¿Tan difícil era creer que el sueño de publicar se hacía realidad? Mucho ego, mucha ilusión y muy poca experiencia. Pocos días más tarde, sencillamente tuve que dar la razón a mi padre, aunque de hecho no conté toda la verdad de la historia. A ciertas edades, un padre sabe más de la realidad de la vida, por experiencia, y por hombre. Aunque esto último parezca un comentario sexista.
La vida para nosotras no es igual que para ellos. Nosotras en general no acosamos sexualmente hablando. Y aunque lo hiciéramos, también el efecto sería distinto: Menor cuota de poder en cualquier sector que abordemos, menos fuerza bruta si la cosa llega a las manos, y un instinto de ataque menos acusado. Esto es, al menos, lo que demuestran las cifras. Y lo que estos días denuncian decenas de mujeres de la escena pública, actrices, deportistas de élite, modelos; desde que se desatara el escándalo Weinstein y quedara abierta la caja de los vientos de Hollywood, que ya soplan sin control a diestro y siniestro. Son muchas las que ya han dejado volar libre su testimonio, que como yo misma, mantuvieron oculto por temor a ver comprometida su imagen, o a no ser entendidas, creídas o protegidas de quien aquí es el verdugo.
Harvey Weinstein, poderoso y hombre, ya planea cómo limpiar su imagen una vez el escándalo haya cedido en virulencia, si es que lo hace. Para ello, se dice que ha contratado los servicios de un tal Michael Sitrick, un experto en crisis de imagen que cobra alrededor de mil dólares a la hora. Tal como están ahora mismo las cosas, no parece que la opinión pública esté dispuesta a perdonar a quien ya denominan el acosador insaciable, pero habrá que esperar para ver qué sucede.
La parte grata de este escandaloso episodio que implica dolorosamente a tantas mujeres, es que muchas nos hemos animado a contar lo que nos pasó, bajo el slogan “yo también”, el “me too” americano.
Como digo, era más joven, llena de ilusión e inexperta. Quizá la ilusión es uno de los factores determinantes y esto es algo que los depredadores tienen muy claro. Creo que todos sentimos pasión por algo, y ese algo en mi caso se llama escritura. Desde luego no hubiera vendido mi alma al diablo por ese primer título publicado, y de hecho regresé a casa incólume pero sin contrato. Sin embargo, sí tuve que sufrir la humillación y el asco, cuando el editor mallorquín afincado en la capital catalana me plantó una especie de beso en los labios que no pude esquivar totalmente. Me dijo algo así como “no he podido evitarlo”, y al recibir mi rechazo, surgió ese momento clave que todas narramos: Yo te he tratado como a una princesa, te he pagado un billete en primera, te he invitado a comer, a cenar…
¿Pero qué les hace creer que ninguna de nosotras necesitamos nada de eso? ¿Quién ha pedido hoteles, cenas o flores? Una no escribe durante diez o doce horas al día para que cualquier mamarracho le pague una cena. Para algo así no hace falta levantarse cada día antes del canto del gallo. Una escribe, o baila, o enseña, porque no puede evitarlo. Y se hace con devoción, robándole horas al sueño. Dejas los ojos pegados a la pantalla a cambio de unas pocas palabras: tu historia me ha hecho vibrar. Al menos lector, no acosador, es lo que yo también esperaba.

