Hace poco un buen conocido me trasladó su inquietud sobre un tema que le preocupa. El análisis me pareció interesante, así es que voy a intentar transcribirlo con mis propias palabras:
“Estoy algo alarmado ante la idea de que nos instalen un campo de golf y este lugar deje de ser el paraíso de silencio y tranquilidad que conocemos. Más aún, podría ser el inicio del fin para la fauna salvaje que a veces tenemos la suerte de encontrar mientras paseamos. Yo he visto zorros, jabalíes y venados a poca distancia de casa. ¿No es un auténtico lujo?
Pero últimamente han sido varias las personas que me han comentado que estaría bien tener por aquí un campo de golf, y que qué pienso del tema. ¿Qué pienso?
Mis padres, sin ir más lejos, están entusiasmados con la idea del golf, y de paso una carretera que evite el acceso a la A6 por Torrelodones, algo que les parece un infierno.
Mi hijo por el contrario ama este campo como es; dice que le gusta porque se siente libre cuando sale a correr con sus dos perros o coge su bicicleta y anda saltando entre las rocas. Como mi hijo, muchos jóvenes se han posicionado a favor de la ecología y el veganismo, y parecen haber recapacitado sobre el cambio climático y el sufrimiento animal. La forma de entender la interacción con el medio ha cambiado.
En cuanto a mí; me veo como una generación que a este respecto no tenía las cosas tan claras como veo que las tienen algunos jóvenes de la edad de mi hijo. Nosotros impulsamos el consumismo y hemos sido por tanto la fuerza motora que ha destruido los ecosistemas. Pero a la vez hemos sido impulsores de grandes movimientos ecologistas y nos hemos dado cuenta del grave daño que hemos causado al planeta. No sé a otras personas de mi generación, pero a mí esta intervención humana con la que literalmente hemos destruido el planeta me hace sentir realmente culpable.
Nuestros padres eran fijos en todo, en ocupación laboral, en matrimonio, en lugar de residencia, en ideología política. Nuestros hijos por el contrario, son totalmente abiertos, aman la movilidad y la diversidad, y no se forman una sola idea del mundo. ¿Nosotros?
Con el tema del golf que surgió hace unos días durante una comida en familia, yo mismo me siento en conflicto. Muy al contrario que mi hijo, que tiene clara su posición al respecto y le resulta espantosa la idea de ver el entorno natural que nos rodea convertido en un jardín artificial, a mí siempre me ha impactado la belleza de los campos de golf integrados en la naturaleza. Sin embargo, reconozco que a día de hoy me impacta todavía más la belleza de los árboles y las rocas impertérritas como testigos silenciosos de las acciones humanas. La primera es una belleza artificial (he de darle la razón en esto a mi hijo); la segunda es la belleza natural, sin el extra de “chapa y pintura”. Si me dan a elegir, creo que hoy me quedo con la segunda.
Al mirar hacia atrás, tiendo a pensar que esta nueva forma de ver la vida y de sentir la naturaleza no es otra cosa que la madurez. Pero entonces me acuerdo de mi hijo y me digo: ¿Cómo se puede ser más maduro a los 17 años que a los 75? O el concepto de madurez es como todo, una idea mutable a la que damos forma según vemos el mundo; o quizá existe la posibilidad de que yo mismo vuelva atrás en mi visión de las cosas, y termine como mis padres deseando que instalen un jardín artificial enfrente de casa, sin acordarme de que un día ese mismo jardín fue natural, y tuvo árboles que luchaban como héroes (aunque fuera una lucha a fondo perdido) contra los gases de efecto invernadero, la deforestación y el cambio climático.”

