Si meditar es pensar con profunda atención en algo y, como verbo transitivo, es orar mentalmente sobre algún tema religioso y transcendente, Fátima es el lugar de la reflexión.
Fátima es mundialmente conocida por ser uno de los más importantes centros de peregrinación de la fe católica, tras la aparición de la Virgen María el 13 de mayo de 1917. La Madre de Jesús eligió este lugar para evocar la importancia de vestir de fe los corazones.
Fátima es el rincón de Portugal conocido por los creyentes católicos por sus milagros. Su magnetismo invita a sus peregrinos al recogimiento interior, y en esa meditación se da contestación a las muchas preguntas que uno se hace sobre la vida que uno lleva y sobre la influencia que esta tiene en vidas ajenas.
Compartir vivencias especiales son fuente de unión entre personas. En compañía de buenos amigos, Fátima ha sido mi opción para visitar su Santuario y redescubrir la importancia de la fe y el poder de la oración, y para poner en orden la conciencia, tomando distancia del mundo ruidoso en el que vivimos, alejados de lo social y cotidiano.
Lo que más impacta de Fátima, aunque es difícil de expresar con palabras lo que allí sucede, es su silencio. El silencio del amor cómplice con su lealtad, respeto y tolerancia.
Fátima es mi recomendación para reencontrarse con el silencio, que tanto necesitamos todos, buscamos, y que solo en ocasiones encontramos. La oportunidad de vestir de humildad, cariño y ternura nuestra conciencia, de adquirir compromisos con nosotros mismos y con los demás.
Fátima pone en valor la importancia que tiene para nosotros actualizar nuestra conciencia moral en cuanto a deberes y obligaciones para evitar en lo posible lo incorrecto en nuestras acciones.
Para los creyentes católicos (y yo lo soy), Fátima es el dispensario de la fe. En ella no solo se pide preservar el bien físico y psíquico, también el espiritual.
Gran parte de los peregrinos que allí acuden buscan renovar, afianzar su fe a través de rememorar lo que allí sucedió. Buscan el consuelo a través de lo que otros vivieron y experimentaron tres humildes pastorcillos en varias ocasiones: la aparición de la Virgen. Escucharon sus mensajes y sus recomendaciones. Buscan la manera de librar al pensamiento de inquietudes, miedos o indecisiones.
El silencio de Fátima transforma a las personas al ponerles en contacto con la verdad de lo imaginado y deseado. Sentir su gracia confirma lo afortunado que somos aquellos que creemos en la Virgen.
Silenciar el exterior por unos días me ha hecho tomar conciencia de cómo la fe ha marcado mi existencia, de cómo ha guiado mis más profundos sentimientos y más sinceros actos. Ella ha consolidado ideas y motivaciones en propósitos de vida.
Gracias a su visita, he podido valorar y apreciar lo que tengo, deseo y necesito, voluntad para cambiar y ser todavía mejor persona.
No olvidaré las muestras de cariño dispensadas a la Virgen a su paso, entre la multitud, en la popular y conocida Procesión de Velas. Con la luz de la luna como testigo, miles de fieles peregrinos, de forma ordenada y serena, en un profundo silencio, acompasado con oraciones y cánticos, alumbraban con la luz de las velas, la explanada de la basílica.
Esta imagen me trasladó en el tiempo, y rememoró en mí la de aquellos cristianos perseguidos por las tropas pretorianas romanas, y a concluir que la devoción religiosa, a pesar del transcurso del tiempo, es indestructible.
Se dice de Fátima que es un lugar “milagroso porque en ella rezan los que habitualmente no rezan…” Yo, acompañada de maravillosas personas ¡Fui testigo de ello!
“Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.” (Papa Francisco Mayo 2017).

