¿Es o no un propósito aconsejable intentar alcanzar la perfección de cara al nuevo año que entra?
Si asociamos el término perfección a aquello que es inalcanzable, inconquistable e inasequible, y lo extrapolamos a la forma de relacionarnos y comportarnos, no es propósito aconsejable ya que la perfección no existe. Solo es recomendable, si en su búsqueda prima la racionalización, la voluntad, el esfuerzo, la determinación de intentar hacer las cosas mejor cada día.
Desestigmatizar identidades y personalidades con este rasgo, poner de relevancia lo útil que resulta cierta dosis de perfeccionismo para avanzar y progresar, manifestar que puede ser consustancial con una forma de ser y de hacer de la que esas personas pueden sentirse orgullosas; y también manifestar cómo en exceso, vivido como una obsesión, puede ser fuente de estrés para la persona que lo experimenta y manifiesta, es la principal motivación de este escrito. Un interés suscitado tras muchos años contemplando en el trato con mis pacientes, cómo el perfeccionismo puede ser cualidad o defecto para la persona en función de cómo bajo su gobierno le haga sentir y actuar.
Sentirse bien por dar vida una percepción realista y objetiva sobre quién es, con intención de disminuir la intensidad o evitar el exceso de ciertos comportamientos y discernir qué hacer y no hacer. Sentirse bien por dar cuenta de la mejora continua, por ser el propósito loable, plausible para hacer las cosas bien hechas, ser mejor y no el mejor, para no buscar lo ideal, lo que nunca vamos a encontrar. O sentirse mal por dejarse llevar, no oponer resistencia a esa fuerza de carácter malicioso y amenazante, capaz de sucumbir a la persona en un mundo de angustias, inseguridades, insatisfacciones y frustraciones al nublar y anular su capacidad de pensar y actuar con lógica.
Debemos abogar por un perfeccionismo que aporte y no perjudique. Un perfeccionismo que sirva como instrumento de progreso y no de desestabilización personal. Minucioso y prudente en la búsqueda de la mejora y la excelencia. Un perfeccionismo capaz de crear mentes flexibles, no rígidas. Capaz de promover la conciencia del Yo a favor del bien. Inteligente y competente por empoderar a la persona en momentos de indecisión, duda o vacilación en el proceso de conseguir el fin anhelado, apto y suficiente para reforzar la autopercepción de valía y estima para hacer las cosas bien hechas, experto en no dejarse arrastrar por la tiranía del miedo o la mala autoexigencia, creencia irracional de que es necesario hacer las cosas extraordinariamente bien para evitar pérdidas a nivel personal, familiar, social o laboral.
El perfeccionismo es un desafío conveniente si no es fuente de confusión para un Yo inquieto; si no determina vivir bajo la presión de que no alcanzar la perfección es sinónimo de fracaso. En definitiva, si no es destructor por fomentar el desprestigio personal, avivar el miedo a fracasar; no dar la talla, o ser rechazados por incumplir expectativas propias, o por no ser lo que otros esperan de nosotros y hacer realidad la profecía de que somos incapaces.
Un perfeccionismo en conclusión alejado de la procrastinación, de la baja tolerancia a la frustración. Capaz de flexibilizar la mente aceptando otras alternativas y no viviendo en constante comparación con los demás.
Entender cómo ser perfeccionista en grado extremo puede afectarnos es lo que lo que nos impide vivir bajo su tiranía. Asimilar la subjetividad de su carácter, el hecho de lo que para uno puede ser perfecto para otro puede no serlo, es lo que nos lleva a ver las equivocaciones como parte del proceso de conseguir; lo que nos libera de la creencia irracional que hay que ser, hacer todo perfecto para que la gente nos acepte y considere.
“La perfección” está en el camino, en su búsqueda, y son las acciones, que de forma programada y responsable vamos acometiendo, las que nos deben producir la satisfacción del “deber cumplido”, y no la perfección como máxima en sí misma.


