viaje-tunel-tiempoDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

La firme convicción de que la religiosidad y la espiritualidad es la respuesta a una sociedad como la actual, asediada por el estrés, la depresión, el miedo o la desesperanza es lo que me lleva a recordar, traer a colación este titular. “Científicos de Harvard manifiestan el beneficio que tiene para la salud asistir a misa tras 16 años de estudio. Investigan cómo asistir a servicios religiosos reduce el riesgo de enfermedades y alarga la vida”.

Una creencia avalada por la experiencia vivida en la reciente pandemia tras sentir, ver y conocer cómo creyentes y no creyentes buscaban consuelo en la oración, recurrían a su poder para aliviar el dolor, el sufrimiento ante tanta desgracia y calamidad. Sin duda para mí, una adecuada, conveniente, sabia elección por confiar en aquel que en la incertidumbre y lo imposible lo puede todo.

La pandemia fue la oportunidad perfecta para racionalizar la Fe, experimentar la concepción de un Dios que por el pensamiento racional se puede reconocer.

La circunstancia idónea para buscar la verdad revelada por Dios y hallar el significado de lo que entraña vivir de acuerdo con ella. El desencadenante que muchos necesitaban para capacitar la voluntad a favor del bien,  adquirir un hábito de estudio enfocado a comprender lo que cada día padres católicos se esfuerzan en enseñar a sus hijos, la importancia de la fe en la génesis del   bienestar y felicidad.

¡Qué difícil es amar, querer lo que no se conoce y qué fácil es ignorar u olvidar lo que origina inquietud, culpa o disgusto por incapacidad para sobrellevar el esfuerzo y superar la pereza!

¡Qué complicado es comprender el Misterio Pascual si no damos oportunidad a la inteligencia para buscar la verdad! Si no tratamos de buscar argumentos para dar vida a las palabras y hechos, pasión y muerte, de aquel que lo dio todo a favor de nuestra redención y salvación.

¡Qué difícil es asimilar lo que sucede cuando uno no es capaz de ver, prestar atención, darse cuenta de las buenas obras u acciones de otra persona!  ¡Qué fácil es obviar, eludir, rechazar esa voz, expresión de autoridad llamada conciencia, cuando lo que clama en nuestro interior es dedicación, esfuerzos y sacrificios!

Fortalezcamos, pues, la voluntad para revivir con verdadero interés la última semana de Jesús en la Tierra. Releamos los escritos que hablan de ello como expresión de amor y afecto, poniéndonos en su lugar.

Viajemos por el túnel del tiempo para rememorar su historia, retrocedamos cientos de años como signo de gratitud por tan noble y generosa causa. Acompañémosle a Jerusalén, vitoreemos su entrada como el gran Mesías que es. Alcemos   palmas y ramos de olivo en señal de júbilo hoy como si fuese ayer. Demostremos nuestra incondicionalidad estando presente en su última cena, el día que dotó de significado a la eucaristía. Adentrémonos en el Monte de los Olivos, estemos junto a Él a la hora de recibir su destino. Empapémonos de lo que Él sintió, conforme a la razón, porque es importante tenerle presente en nuestras vidas.

Que conocer su historia sea el gesto que defina nuestra solidaridad hacia su persona, nuestra adhesión y respaldo al sufrimiento que experimentó en pro del amor y la salvación de todos nosotros.

Que revivir sus últimos días en la tierra nos ayude a entender la aflicción, abatimiento y tristeza que debió sentir ante la traición, la negación de los que consideraba incondicionales. Que conocer lo acontecido, vivido en las últimas horas, sirva de orientación y ayuda para ver el perdón como la conducta de desapego al rencor, a la venganza o al odio. Que su comportamiento sirva de ejemplo de cómo debemos actuar y comportarnos para alcanzar una plácida vida eterna.

Que su espíritu nos ilumine para mostrar a nuevas generaciones como vivir esta fecha tan especial y significativa para los católicos. Que nuestra oración y sacrificios en estos días sirva de ejemplo de cómo corresponder a la grandeza y gracia de Dios. Que la dedicación, entrega manifestada, sea expresión de nuestra empatía  con el dolor, sufrimiento de  la Sagrada Familia.