Luis Pomed Sánchez

El manuscrito VoynichEn los anaqueles de la Biblioteca Beinecke de manuscritos y libros raros de la Universidad de Yale, etiquetado con el código MS 408, se guarda el llamado “manuscrito Voynich”. Si bien parece haber constancia de que se ha perdido parte de su contenido, se conserva un texto de 240 páginas, algunas de ellas desplegables. La obra parece integrada por seis secciones: En la primera de ellas, que podría ser la botánica, incorpora ilustraciones de distintas plantas; en la segunda, acaso astronómica, se representan diferentes cuerpos astrales; en la tercera encontramos diagramas circulares y elípticos; la cuarta, ¿dedicada a la biología?, incluye dibujos de figuras femeninas. Las secciones quinta y sexta integran una suerte de farmacopea, con el dibujo de recipientes y la relación de las que bien pudieran ser recetas expresadas en párrafos breves.

Los primeros problemas surgen cuando reparamos en el hecho de que ni las plantas ni los planetas se corresponden con ningún objeto conocido, los diagramas no encuentran correspondencia en la realidad, las figuras femeninas están entrelazadas por un sistema inverosímil de tubos, o no es posible identificar con claridad los recipientes. Aunque ese es solo el comienzo: el mayor de los inconvenientes es la radical ilegibilidad del texto.

En efecto, el manuscrito está compuesto por grupos de caracteres que parecen corresponderse con un lenguaje construido o cifrado. Esta hipótesis es tanto más plausible cuanto que el texto cumple con los criterios estadísticos al uso sobre frecuencia de aparición de palabras en un determinado idioma (en particular, la llamada “ley Zipf”). Sucede, sin embargo, que no ha sido posible descifrar ni uno solo de esos grupos, menos aún alcanzar a atisbar el sentido global del texto en su conjunto o de sus diferentes partes.

Por lo que hace exclusivamente a la experiencia contemporánea del manuscrito, al menos desde que en 1912 fuera descubierto por el bibliófilo anglo-polaco Wilfrid M. Voynich, su lectura e interpretación ha sido un reto obsesivamente perseguido y perennemente inalcanzado. No solo el propio Voynich, quien dedicó a esta tarea sus mejores esfuerzos, sino numerosos criptógrafos y agencias estatales han tratado de comprender el significado del texto, vana empresa. Cada cierto tiempo parece que nos aproximamos a la resolución del enigma para acabar topando, inevitablemente, con la frustración de un nuevo fracaso que nos hace volver al punto de partida.

Ilegible es el texto, apasionante su historia y desconocido su autor.

Por lo que se refiere a la historia del manuscrito, la datación por carbono 14 ha permitido fechar su elaboración entre 1404 y 1438, posiblemente en Alemania o el norte de Italia. Hay constancia de que entre sus propietarios figuraron personajes de la nobleza imperial, como el químico y farmacéutico Tepenec, alquimistas como Georgius Baschius, o clérigos como el jesuita Athanasius Kircher. Se sabe, igualmente, que el manuscrito fue adquirido a mediados del siglo XVII por el emperador Rodolfo II de Habsburgo y que posiblemente estuvo depositado, sin apenas pena ni gloria, en la biblioteca del Colegio Romano fundado en la ciudad eterna por san Ignacio de Loyola. Su pista, siempre vaga y elusiva, se pierde hasta que el texto fuese adquirido por Wilfrid Voynich, a cuya muerte la obra siguió pasando de mano en mano hasta hallar cobijo, cuando menos temporal, en la universidad de Yale.

La autoría del texto se ha atribuido a alquimistas y médicos, pero también a Roger Bacon, el doctor Mirabilis, Nostradamus o Leonardo da Vinci. Pero todas esas hipótesis han sido descartadas por falta de correspondencia con las fechas de confección de la obra, lo que, por cierto, también ha permitido absolver a Voynich de la acusación siempre latente de falsificación. El texto es original del primer tercio del siglo XV y desde entonces sigue reclamando nuestra atención y excitando nuestra curiosidad. Tengo para mí, querido lector, que su autor es un antepasado lejano de Jorge Luis Borges, quien, ante los constantes coletazos de un “ismo” personalista imaginó un mundo en el que refugiarse y en el que, efectivamente, por decirlo en palabras de Joan Margarit, la libertad es una biblioteca.