Una conocida me contó hace unos días que ha comprado una casa en Hoyo de Manzanares, el pueblo donde vivo hace ya algunos años. Una casa nueva, grande, con piscina, jardín y unas fantásticas vistas. Sin embargo tiene un conflicto, y es que no le gusta la vida de pueblo. En realidad lo que dijo es que no se identifica con eso de ir por la calle y que la gente sepa quién eres. Es verdad que hay gustos para todo, aunque una se pregunte por qué alguien compra una casa para estar a disgusto. Pero la cuestión que realmente me hizo preguntarme “¿qué estamos haciendo?”, fue la insistencia de esta persona en el montón de cosas que tienen que cambiar aquí, en nuestro pueblo, para ser más bello, más accesible y más cómodo.

Lo primero que surgió en la lista de “tareas pendientes” (y que al parecer flota en el aire), es la construcción de una vía alternativa que cruce el parque natural y acerque Hoyo a la A6. Con esto, decía, ganamos accesibilidad y tiempo. ¡Y menos mal que ya está el tema en estudio porque esa carretucha es realmente infernal!

Pues bien. Es posible que ganemos 5 minutos de nuestro preciado tiempo. 10 si me apuran. 10 minutos, por cierto, de ese tiempo que a menudo no aprovechamos para vivir realmente. En mi opinión, ala contra, perderemos naturaleza, sosiego, y una enorme belleza irrecuperable. En una cosa sí estamos de acuerdo, y es que la carretera de Hoyo a Torrelodones es peligrosa. Pero seamos honestos, somos los conductores con nuestra prisa diaria quienes provocamos peligro.

Yo bajo a Madrid todos los días. Algunos cojo el 611 y otros muchos conduzco. Ni siquiera lo hago antes de que la ola de coches inunde la A6. Sencillamente me imbuyo allí dentro, pongo la radio y me dedico a sentir el comienzo del día. Disfruto con el amanecer que se levanta a lo lejos, sobre el mar verde y rocoso que a muchos nos ha enamorado. A veces recojo a otra persona y optimizamos recursos. Y no, no siento que pierdo mi tiempo porque tardo hora y diez en llegar al trabajo. Lo que yo siento, es que en ese momento estoy en silencio conmigo misma, y es un verdadero regalo. No tengo prisa por llegar y sentarme en la silla, ni siquiera lo pienso. Cuando llego a mi puesto, sencillamente otra “yo” le toma el relevo a la mujer que aprecia la belleza natural y la calma. Jamás llego a casa irascible porque “me tocó comerme el atasco”, ni disparo insatisfacción a diestro y siniestro porque nada es como yo quisiera para hacerme la vida más cómoda. Nuestro anhelo de más sencillamente me abruma.

Y esto lo digo porque a las pocas horas de cruzarme con esta persona, estuve tomando un té con una querida amiga a quien no veía desde hacía meses, y me contó cómo en su puesto de trabajo se está arrasando toda una tradición para implantar más tecnología, y lograr más competitividad. La experiencia de los veteranos se desprecia, los protocolos que han funcionando no se contemplan siquiera, la voz de quienes conocen la organización desde sus cimientos se mantiene callada…

Le conté que, a la contra, conozco casos opuestos, empresas en las que la tradición pesa tanto que no se repara en lo nuevo. Es por eso que en algunos lugares las ideas creativas no llegan a prosperar nunca, o hay países en los que las mujeres no pueden hablar porque nunca lo han hecho. Tan ciego es un modelo como otro, ¿no creen?

El equilibrio entre modernidad y naturaleza me parece tan necesario como este otro equilibrio. Tan desértico imagino un planeta embutido en asfalto, como una humanidad donde se mantienen calladas la voz de la mujer, la creatividad y la vejez. Se me ocurre que debemos mirar lo distinto con un poco de amor, o de otra forma estamos perdidos.

Olga Casado, escritora
http://olga-casado.com