Hace unos días leí un artículo sobre el dictamen de la Real Academia de la Lengua en relación al uso del masculino y femenino juntos en las expresiones que incluyen ambos géneros. Eso del “espero que todos y todas”, “los niños y niñas de esta clase”, “chicos y chicas que son el futuro”, etcétera. Parece que todos los académicos de manera unánime (38 hombres y 8 mujeres, salvo error por mi parte) han sumado su aprobación al informe emitido por Ignacio del Bosque, a quien algunos definen como “el mejor gramático de la lengua española”. En su informe, del Bosque cuestiona e incluso ironiza sobre este “uso y abuso de lo políticamente correcto” que sin embargo prospera en varios países.
Según el académico, no tiene sentido “forzar las estructuras lingüísticas”, puesto que, asegura, la discriminación de la mujer no puede solventarse asumiendo que en la lengua existe una relación sistemática y directa entre género y sexo. ¿Ustedes qué opinan? Porque como filóloga yo tengo serias dudas.
En primer lugar, le preguntaría al señor del Bosque cómo se hace una lengua, aunque, más que respondernos a la pregunta “¿cómo se hace?”, quizá sea más interesante buscar una respuesta a otra cuestión de base: ¿en qué momento se recoge la lengua hablada, la nuestra, en un primer “corpus del castellano”, y cómo era la sociedad de la época? Remontándonos todavía un poco más, para la antigua Grecia las mujeres eran, como los esclavos, “no ciudadanos”, y en la antigua Roma, si nacían libres poseían ciudadanía pero no tenían derecho al voto ni podían ostentar cargos públicos. Eso sí, la mujer de cuna podía ejercer influencia en el plano privado, y ahí es donde, imagino, aprendimos a acatar fuera lo que cuestionamos dentro. Podemos imaginar la morfología que fue adoptando la lengua de las instituciones, que al final son las que sustentan lo social y por lo tanto lo dotan de realidad.
Si entonces la lengua reflejaba lo social, no veo inconveniente en que ahora haga lo mismo, reflejar lo social, que cuando menos es reactivo ante situaciones de discriminación. ¿Qué hay de malo en cuestionar ciertos convencionalismos como el orden de los apellidos o el uso de palabras de género masculino como genérico para expresar la pluralidad “hombre y mujer”? En algún momento de nuestro pasado se hizo la norma, ¿qué justifica la inmovilidad de la norma?
No sé por qué tenemos tanto miedo a que la lengua cambie, o por qué amamos tanto la lengua “tal como es”, si resulta que la lengua de hoy no es la lengua cervantina, ni la cervantina fue la lengua de Alfonso X el Sabio. Nos guste o no, la lengua se mueve porque nos movemos, y en mi opinión ya es hora de cuestionar seriamente la supremacía lingüística del género masculino, porque no tiene otra razón de ser que la hereditaria, y en este sentido sí perpetúa una discriminación negativa hacia lo femenino. No hay otra forma de revertir la tremenda injusticia causada a las mujeres a lo largo del tiempo que llamando a las cosas por su nombre, o mejor dicho; devolviéndole las vocales que faltan a una lengua que en cuanto a reflejar lo social está coja.
Si lo institucional habla, igualmente habló allá por el año 200 a.C. cuando el hecho de ser mujer quedó relegado a la segunda categoría. Puede que los sillones de la Academia sean unánimes en su dictamen, pero aquí lo que importa es lo que dice la calle, porque la calle es la que hace la lengua, la que la habla y la que mantiene vivo, o no, aquello que la representa.
Yo sí doy mi voto favorable a la búsqueda creativa de fórmulas que, en la lengua hablada y escrita, nos hagan iguales. Y esto porque lo primero que aprende el niño (y la niña) es lenguaje. Tal como vea el mundo a través del universo lingüístico, será como construya el mundo cuando llegue a ser hombre, o mujer.

