El mes pasado se celebró la 108 edición del Día Internacional de la Mujer. Más de 100 años han pasado desde que se llevara a cabo la primera convocatoria del evento de celebración de un día pensado para reforzar la presencia de la mujer en el mundo, elevar su voz para hacerla llegar donde todavía no llega, y ofrecer soporte a una lucha que no debería ser necesaria, pero que muchos pensamos que sigue siendo igual de necesaria que hace 100 años. Y esto significa 3 cosas:
- Hay quienes se han posicionado contrarios a la celebración de este día por considerarlo redundante en algunas sociedades, entre ellas la nuestra, argumentando además que si esta lucha sigue viva es porque su fundamento original se ha convertido en arma política y por lo tanto el apoyo es apoyo a una facción política.
- Este posicionamiento, contrario a la celebración del Día Internacional de la Mujer por entender que el movimiento feminista es movimiento político, difunde un mensaje de oposición a una celebración que es internacional y es histórica, lo que abre un amplio abanico de excusas para mantener el orden de cosas e incluso retroceder en algunas conquistas. Con el ánimo de “no querer hacer política” se está haciendo “política de oposición”, y con ello, definitivamente se está convirtiendo a la mujer en objeto político y no en sujeto (de derecho y con todos los derechos), que es el origen y fondo del feminismo. Y aquí quiero hacer un inciso:
Nacer mujer, como nacer hombre, es nacer sujeto, nacer persona, nacer “uno/una” para ser quien se es y no “lo que” (objeto) se pretende hacer de uno, o de una. No debería ser necesario plantear algo tan evidente, pero el rumbo que está tomando la cuestión feminista hace pensar que a estas alturas todavía no hemos entendido que la cuestión “mujer” no debería ser un tema debatible políticamente. Si existe la cuestión “mujer” es porque en algún momento atrás en la Historia se estableció una separación que nos ha traído hasta aquí. Ni paridad, ni ley de violencia de género, ni lenguaje inclusivo, ni tantas otras ocurrencias que se debaten en un hilo sin fin que nos sujeta a todos, y a todas, resuelven la cuestión de las cifras:
¿Cuántas mujeres cabeza de lista hay en los principales partidos políticos? ¿Cuántas posibles presidentas de Gobierno hemos tenido? ¿Cuántas mujeres presiden comités de dirección en grandes corporaciones? ¿Cuántos nombres de mujer hay en el histórico de los Premios Nobel? ¿Cuántas figuras femeninas representan a las diferentes confesiones religiosas hoy en el mundo?
La principal pregunta es esta: ¿Cómo sería la convivencia, la humanidad, el planeta, con más mujeres en puestos de liderazgo en los principales poderes que rigen hoy nuestro mundo?
Debería sobrar la pregunta ¿qué significa ser mujer?, pero desgraciadamente no sobra porque aún pervive en el inconsciente colectivo un concepto de la mujer que la destrona de su papel principal en el diseño de lo que es el mundo.
La cosificación de las mujeres es un hecho histórico que se mantiene, y de ahí tal vez la necesidad de mantener esta lucha, y esta celebración que nos recuerda que las mujeres tienen voz, alma, manos, emociones, cerebro… Que el mundo sin ellas es un mundo a medias. Y sin ellas quiere decir sin el protagonismo idéntico que reciben/tienen los hombres en el diseño de lo que es el mundo y su desarrollo.
Y aquí va el punto 3 de lo que a mi entender significa y supone esta lucha absurda donde la mujer sigue siendo “cosa”. Esto es: objeto de uso y reclamo político cuando menos, y objeto de violación, abuso, esclavitud y dolor cuando más:
- Si las mujeres – siendo sujeto – se clasifican como objeto de derechas políticas u objeto de izquierdas políticas, estamos por lo menos tan lejos del derecho fundamental que convierte al ser humano en persona como lo estábamos hace 100 años.

