Estoy empezando a escribir estas líneas el día 21 de marzo, justo el del comienzo de la Primavera. Que da la impresión que más que un comienzo es una continuación, o segunda parte, porque todo el invierno ha sido absolutamente primaveral. Veremos cómo evoluciona el tiempo a partir de hoy, aunque mi modesta previsión, a partir de la Luna Nueva que tuvo lugar el pasado día seis, no augura grandes cambios. Algo de lluvia que hasta el momento no se ha producido y que espero que llegue, que falta nos hace, antes del 5 de abril. Porque tormentas habrá durante toda la primavera. No climatológicas, claro, sino políticas. De hecho ya han empezado, agravadas por la situación en Cataluña y el desarrollo del juicio en el Supremo.
He estado siguiendo con cierta atención las declaraciones de los portavoces o presidentes o líderes de los principales partidos previas a la elaboración de los programas para competir en las primeras elecciones, las generales del 28 de abril, buscando referencias a la Cultura, a la Historia, a la Educación… Salvo a esta última, ni una. Bueno, estoy exagerando un poco, porque alguien está pidiendo que se suprima Al Andalus de la Historia de España. Supongo que habría que volver a pedir que en los colegios se vuelva a exigir que se estudie y aprenda la lista de los Reyes Godos, comenzando por Ataulfo y terminando por Don Rodrigo. Seguro que estos “españoles de pro” no han leído y no saben quién es Ibn Arabí, el Murciano. Claro que como sus restos reposan en una mezquita dedicada a su memoria en Damasco, tienen razón. La otra renuncia a la Historia no es la actual precampaña, sino más antigua. La caída de Barcelona en 1714 no fue una agresión del Reino de España contra Cataluña, sino el final de una guerra de sucesión. Y los catalanes eran carlistas, como una gran parte del país.
Pero la intención de este artículo es (casi) solamente histórica. En este mes de abril se cumple el Quinto Centenario de la fundación del primer Ayuntamiento en el continente americano, en “tierra firme”, como se denominaba entonces: La Villa Rica de la Vera Cruz. Fue obra de Hernán Cortés y sus lugartenientes y tuvo un fundamento muy claro: Cortés había salido de la isla de Cuba con el estricto encargo del Gobernador Diego de Velázquez de comerciar con los habitantes de los pueblos de la costa para obtener oro y piedras preciosas a cambio de los objetos que los españoles portaban, de ínfimo valor en España, pero que los indígenas apreciaban por lo extraños que resultaban para ellos. Cortés, en sus negociaciones con los caciques, observó la tremenda facilidad que supondría conquistar los pueblos, sometidos a la tremenda tiranía de los dominadores aztecas, y que admiraban las armas, y la capacidad de negociación de los españoles. Decidido a liberarse de la dependencia del gobernador de Cuba, desmontó su flota, menos dos barcos para usar para enviar los mensajes a Cuba y a España. A continuación, utilizando los elementos aprovechables los barcos, construyeran un pequeño pueblo, las casa con cubiertas vegetales, eligieron un alcalde y concejales, y Cortés presentó su dimisión como Capitán de la expedición comercial, puesto que era necesario establecer unas normas, incluida la defensa, como en cualquier pueblo de España. Fue naturalmente elegido como Capitán General, y en ese momento comenzó el cambio en el Continente.T ambién en ese año comenzó la expedición de Magallanes.
No hay previsto, que yo sepa, ni un solo acto de conmemoración de ninguno de los dos eventos por parte del Gobierno español.
¡Qué país el nuestro!

