El pasado 27 de marzo fue el Día Mundial del Teatro, establecido en 1961 por el Instituto Internacional del Teatro, y que tiene una difusión desgraciadamente escasa en el gran público, los espectadores, que deberíamos ser todos los seres humanos, ya que, de una forma u otra, nos llega a todos en cualquiera de las formas que adopte. Porque también el cine, la televisión, la radio o los cómics son una forma “teatral” de transmitirnos un mensaje.

Casualmente en esos días yo estaba leyendo una espléndida novela que les recomiendo (si les gusta la historia), “El asesinato de Sócrates”, de Marcos Chicot, finalista del premio Planeta 2016. En ella aparecen como personajes Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes y en cierto modo las diferencias que les separan, sobre todo del último y su burla perpetua de la seriedad de sus contemporáneos.

Estoy escribiendo sobre una de las Bellas Artes, Patrimonio de la Humanidad, inmaterial, desde luego. Pero que no ha desaparecido, sino que a lo largo de los 2500 años transcurridos desde que las obras fueron escritas se han representado, o han servido para adaptaciones, o ideas argumentales de todos los autores teatrales de nuestra civilización occidental. Y que hoy día siguen pudiendo ser vistas y admiradas en todos nuestros teatros.

Pero aquí debo hacer una salvedad. Con la misma obra, el mismo desarrollo, la forma de representar las obras de teatro ha variado desde que a principios del siglo XX apareció la figura de Stanislavski. De quien la mayoría de Uds. no sabrán nada. Fue un actor y director ruso, creador del Teatro de Arte de Moscú, y que desde él difundió un método que después se impuso en el mundo entero sobre cómo preparar a los actores, que hasta la imposición de su “método” se limitaban a memorizar sus papeles y después a declamarlos en escena. El “metodo” consiste, en esencia, en que el actor debe analizar de alguna forma su papel e intentar asimilar las situaciones que se desarrollan en la obra e intentar acercarlas a alguna otra con la que tengan cierta relación y que él haya vivido personalmente, de forma que en el desarrollo de la escena aparezca una realidad que no sea mera imitación teatral y que el público perciba con un cierto grado de autenticidad.

Naturalmente el método de Stanislavski ha sido discutido ampliamente, y rechazado por figuras del teatro como Bertold Bretch, que defendía que no es cierto, y que todo en el teatro debe ser fingimiento. Pero hay otro hallazgo en el método: La cuarta pared.

El escenario habitual tiene tres paredes, un fondo y dos laterales. Stanislavski creó una cuarta, imaginaria, que lo separa del público. Pero que existe. Cuando un actor se coloca cara al público, no lo está mirando, ni viendo. Esa pared es como un cristal, para él no transparente, que cierra el espacio en el que se encuentra y se desarrolla la acción. Cualquier incidente que de forma casual se desarrolle al otro lado de la cuarta pared, un ruido, un movimiento, una luz fugaz, no existe y por lo tanto no puede tener ninguna influencia sobre la acción que se está desarrollando en el escenario.

Naturalmente, la cuarta pared, en virtud de la obra, puede desaparecer en un momento determinado y el actor intercambiar con los espectadores palabras, comentarios, etc. Si lo intentan, recordarán alguna película en la que el actor se sale de la pantalla y se sienta en la sala. Prueben a recordarla…

El teatro está cambiando cada día, a gran velocidad. Piensen en la progresiva desaparición de los decorados, en lo efectos de luz y sonido, en la simplificación de los vestuarios, y sobre todo, para mí, en la iluminación con sus cañones cenitales y la posibilidad de cambiar los colores y por lo tanto el ambiente de la escena. Pero, al final, y no recuerdo de quien es la definición, “un teatro es un espacio vacío en el cual hay una persona que se dirige a nosotros y nos habla”.