Dedico una parte de mi tiempo libre (que es mucho, claro) a la lectura. Y de vez en cuando recurro a revisar los libros que tengo en casa, demasiados y demasiado olvidados. Hace unos días empecé a recuperar para mi memoria las novelas de ciencia-ficción, aquellas de los años 60 y 70 en que la tecnología y la cibernética eran un aspecto más de la trama, antes de que aparecieran Godzilla y compañía por el mundo editorial y televisivo. Y encontré una novela titulada HOMO PLUS, premio NEBULA de 1977. Se desarrolla en los años en que vivimos ahora, y trata de la preparación y desarrollo de una expedición a Marte para establecer en este planeta una colonia humana. Para ello es necesario crear un ser que proveniente de la Tierra pueda adaptarse a la vida en las condiciones marcianas de atmósfera, presión, humedad, etc.

Al final de la novela descubrimos que un mundo interestelar, con sede en Marte, y que existe solo en la cibernética, sin seres biológicos, es quien ha dirigido toda la maniobra, puesto que necesita que la vida biológica no desaparezca, lo que está punto de suceder en la Tierra. En cierto modo, la inteligencia artificial necesita un cerebro humano que pueda elegir entre varias posibilidades, descartando una de ellas, la autodestrucción.

Hace algún tiempo, no demasiado, saltó a la prensa y a las redes el tema de los drones, aparatos voladores sin piloto dirigidos desde tierra de forma cibernética. Naturalmente de origen militar, fueron en cuanto fue posible adaptados para juego de niños y posteriormente comenzó a estudiarse su posibilidad de uso para reparto de peticiones y compras online. Y no vivo en una ciudad, pero el laberinto de postes de distribución de energía eléctrica y de teléfono y de árboles hace que tenga una gran ilusión por presenciar la llegada de un dron a mi casa sin estrellarse antes.

Ahora estamos dentro de la lucha por conseguir y poner en circulación coches sin conductor. Y tal como hemos visto en la prensa, con los ocupantes del vehículo leyendo el periódico, sin mirar hacia delante, con las manos lejos del volante y sin pisar ningún pedal, si es que el vehículo los lleva. Si en ese momento una persona, o varias, invaden la calzada, el vehículo debe frenar, o desviarse para no atropellar a nadie. Pero hay más vehículos, que efectúan maniobras del mismo estilo para salvaguardar a sus ocupantes. ¿Debe alguno de los coches proteger a alguien a costa de la vida de los restantes seres humanos implicados?

Las leyes de la robótica de Asimov establecen que un robot no hará daño a un ser humano ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño. No podrá obedecer órdenes dadas por seres humanos que vayan en contradicción con esta ley, ni siquiera proteger su propia existencia en contraposición con las dos leyes anteriores.

Hace poco leí en algún diario que el tema del vehículo sin conductor, en manos de expertos, está a punto de reclamar estudios de filósofos para encontrar una solución viable. A mí no se ocurre ninguna, si mantenemos el coche, y su uso, dentro de los parámetros en que se mueve. Hagan una prueba: utilicen la autopista una tarde en dirección Madrid a las siete, más o menos y piensen en que los coches no llevan conductor, y que no reciben órdenes de nadie, porque cada uno tiene su propio dueño cuyo cerebro no está conectado con el vehículo.

 

Hay una solución, claro: Todos en tren. O en dron, pero cada uno con un piloto a distancia. La nueva civilización, a la que estamos llegando, nos lo dirá. A lo mejor desde Marte.