periodo-estivalDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

La llegada del verano trae consigo realidades muy distintas dentro de una misma familia. Deseos diferentes afloran con la llegada de las anheladas vacaciones y con la intención de realizar aquello que por unas u otras razones no hemos podido satisfacer durante el año en curso. Los hijos buscan libertad, diversión. Los padres descansar, inhibirse de los problemas diarios, liberarse de la rutina y disfrutar de la compañía de los hijos. Los abuelos ser parte de planes familiares para combatir el aislamiento y la soledad.

Está demostrado que las expectativas de verano son diferentes en función de la edad y que compaginar los deseos de unos y otros no siempre resulta fácil, pero intentarlo merece la pena. A nivel personal es mucha la satisfacción que se obtiene cuando el egoísmo no es el protagonista de esos días tan deseados y esperados, pero no por ello menos vulnerables al conflicto.

Idealizar las vacaciones, crear altas expectativas de lo que debe ser estos días es causa principal de los problemas que surgen entre los miembros de una familia. Buscar la perfección hace que seamos intolerantes con los contratiempos, situaciones de tensión o malentendidos que puedan surgir.

La comunicación, el respeto, la tolerancia, la prudencia y una dosis importante de generosidad es la receta perfecta para hacer cercanas y afectuosas las relaciones en este periodo del año y evitar que esto suceda.

Dialogar de forma sana y constructiva, abierta y sincera, sobre lo que cada uno necesita en este periodo estival, es lo que invita a los demás convivientes a no traspasar el umbral de la tolerancia, a tener actitud y disposición para compartir y consensuar deseos diferentes sin culpar, a ser flexibles, a ceder sin olvidar los intereses propios. Conocer las expectativas y objetivos de los demás convivientes es primordial para de forma inteligente adoptar aquellas medidas conducentes al bienestar común.

Dialogar es expresión de respeto, consideración a una persona. El valor que hace posible la buena convivencia, en cuanto a paz y armonía. Dar explicaciones razonadas de forma empática, amable y cariñosa sobre lo que uno necesita es lo que moviliza en el otro tener una actitud condescendiente, adaptarse a la voluntad y al gusto ajeno. El entendimiento y comprensión consolida la cooperación entre las partes a la hora de buscar cuáles deben ser los principios que rijan la forma correcta y elegante de actuar para que todos estén contentos y satisfechos, para poner límites sin ofender en cuanto a derechos y deberes y tener una convivencia saludable.

Una convivencia saludable debe llevar implícito en su ADN el valor de la prudencia, el hábito de la reflexión, anticipar y evaluar las consecuencias que nuestros actos puedan tener sobre otros miembros de la familia o sobre nosotros mismos. Una virtud, la prudencia, valiosa para fomentar comportamientos más justos, sensatos y moderados que ayuden a armonizar, conciliar, hermanar distintas maneras de pensar, sentir, decir y actuar. Una buena convivencia debe respetar otras libertades, otras formas de vida, permitir conocer a las personas tal y cómo son. Y por supuesto hacer entrega de nuestro bien más preciado, tiempo de calidad para acrecentar el sentido de pertenencia a grupo, el sentimiento de ser queridos y tenidos en cuenta.

Mi experiencia tras muchos años de ejercicio me dice lo importante que es para la autoestima familiar tener la oportunidad de pasar más tiempo juntos para tomar conciencia de lo bueno que tenemos y no podemos perder; para afrontar y aceptar los cambios evolutivos y por supuesto para observar lo que nos satisface y aceptar lo que nos diferencia para hacer los acomodamientos necesarios en pro de construir experiencias compartidas que refuercen la identidad de la familia.

Mi reflexión para terminar es que hay que dar a la familia lo que en justicia se merece; no solo tiempo para disfrutar y que disfruten de nosotros sino tiempo para acompañar, estando presente cuando las cosas se tuercen o se complican, situaciones no deseables donde la presencia y compañía, autenticidad del encuentro, es sanador para el espíritu familiar.