La solidaridad, principio importante a educar en los seres humanos, es el valor que nutre de quietud a la sociedad.

Su esencia, la adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles, fomenta vivir en la cultura altruista, en la actitud de dar sin recibir nada a cambio, de renuncia en momentos necesarios y puntuales del “Yo” a favor del “Tú”.

Ser solidario, disposición habitual para hacer el bien, implica acercarnos al sentimiento del otro, a su sentir, a comprender lo que está viviendo, realizando acciones encaminadas a modificar las circunstancias desfavorables por las que esa persona, familiar, amiga, conocida o incluso desconocida, está pasando. Es prestar ayuda en la batalla al egoísmo, a la intolerancia, a la envidia en la que están inmersos corazones ajenos.

Así pues, no se puede hablar de solidaridad sin mencionar otros valores que la acompañan como son el altruismo, la empatía, la compasión y la comprensión. Valores que alcanzan su unión cuando, para ayudar a otros, se renuncia a beneficios propios que son muy valorados para la persona en cuestión.

Muchas veces, quizá demasiadas, nuestra condición de seres “no” humanos nos hace ser insolidarios. Un impulso natural se adueña de nuestras conductas, nos moviliza a satisfacer de forma prioritaria nuestras necesidades, anteponiéndolas a las necesidades de los demás.

La solidaridad es un valor que se trasfiere a través de la cultura con el ejemplo por imitación inconsciente de lo que se percibe. Vivir en un entorno, familiar o social, donde siempre exista voluntad y ánimo de ayudar a los demás es lo que hace que este valor impere, crezca y se desarrolle como cultura de vida de una persona. La solidaridad lleva asociado ser consecuentes con lo que decimos y luego hacemos. Ser solidarios es tener un gesto acertado hacia los demás; es compartir, ceder, tomar conciencia de que existe otra realidad social menos afortunada que sufre. ¡No olvidemos! renunciar a cosas que nos importan o consumir recursos propios a favor de alguien que lo necesita, es algo bonito pero también difícil de hacer.

Velar para que nuestras conductas sean adecuadas y acordes con nuestros valores y principios es lo que nos legitima a inculcar conductas solidarias en los demás.

Nuestra solidaridad se puede poner en práctica de diversas formas, con acciones de voluntariado, con ayudas sociales, con aportaciones económicas, de forma directa con las personas que nos rodean y nos necesitan, o indirectamente a través de organismos e instituciones que median entre el donante y el destinatario. La solidaridad no solo conlleva ventajas para el que recibe, también y de forma muy gratificante para quien es sujeto activo de ella. Ayudar a quien lo necesita, sin tener obligación de hacerlo solo por convicción personal, es una vivencia única para la persona que la experimenta. Es lo que despoja a la persona de sentir insatisfacción y culpa; es lo que conlleva a disfrutar del privilegio de lo que tenemos y ser agradecidos por ello.

La educación de este valor, la solidaridad, se inicia en la infancia y se desarrolla con la experiencia, con lo que vemos y oímos. Ser solidarios es la mejor herencia que los padres pueden dejar a sus hijos para construir un mundo mejor, en el que todos podamos vivir de forma digna y en sociedad.

Te animo a ello. Comprométete.