el fin no justifica los medios

La doctora Elsa Martí Barceló

Qué fácil es para algunos justificar las acciones que hacen en pro de una ideología, y qué difícil de asumir es para los afectados, sus familiares y amigos haber sido el objeto elegido para la consecución del mal.

Rememorar las palabras de una paciente mía en la que me relataba lo que había supuesto para ella ser víctima de una organización clandestina revolucionaria que defiende la lucha armada como medio de conseguir su fin, me hace pensar cuan equivocados están los que abanderan una ideología y tratan de que sea aceptada sembrando el miedo y amenazando a las personas que no comparten sus ideales. Las ideas se defienden de frente y no por la espalda, a través del diálogo y no de las armas, convenciendo desde la tolerancia y el respeto a la mayoría que piensa y siente diferente, y no tratando de imponerlas con violencia e intimidación.

La violencia no solo vulnera derechos fundamentales de la persona tipificada como delito en nuestro Código Penal, sino que también produce la violación de una de las necesidades a satisfacer por el ser humano, la necesidad de sentirse seguro y protegido.

Es penoso perder o ver impedida a una persona, más si es querida, cualquiera que haya sido la causa, enfermedad o accidente, pero lo que no tiene “pase“, es cuando la causa ha sido a sabiendas del que la produce y para consecución de un fin perverso.

Una situación, un estado, una lección de vida difícil de comprender, complicada de asumir y para la que uno nunca está suficientemente preparado. Es en este marco cuando las emociones irrumpen en nuestra realidad de forma abrupta provocando sentimientos difíciles de sobrellevar. Si eres niño, te conviertes en adulto y si eres adulto enfrentas seguir con tu vida, aunque esta nunca vuelva a ser la que tenías.

De primeras aparece la rabia ¿Por qué a mí? No hay respuesta, explicación ni consuelo para entender la maldad del otro para provocar una situación así. Posteriormente, crece la aflicción, el vacío, la soledad e impotencia para gestionar la marcha y no regreso del ser querido, o la merma de sus capacidades físicas o psicológicas.

La angustia es la responsable de los desvelos y de la falta de vitalidad, del sentimiento de incapacidad de volver a empezar y de la falta de voluntad para seguir en un proyecto de vida sin la persona querida o disminuida.

Poner nombre a lo que uno siente tras estas vivencias no es fácil, el miedo y el pánico que se experimenta al evocar la tragedia hace que todo resulte confuso e insuperable. El odio hacia el agresor y el rencor por el recuerdo de la situación saca el demonio que habita en nosotros.

La reacción y actuación de la persona que vive esta experiencia no siempre es la misma. El carácter sufre transformación, hace ver el mundo y la relación con los demás de forma diferente y deslavazada; unos prefieren  anteponer el no pensar para no sentir, otros eligen la negación como mecanismo de defensa para olvidar y otros deciden pedir ayuda para subsistir y seguir adelante.

Las heridas físicas tarde o temprano se curan, uno se termina acostumbrando al dolor, las secuelas psíquicas siguen estando presentes y duran más pero se pueden superar si uno pide ayuda.

Pedir ayuda no significa olvidar, es pensar en la situación sin rencor; “perdonar para tener una vida plena”, como dijo Irene Villa, víctima de atentado terrorista.

Sentir la solidaridad, que otro entiende y comprende es lo que facilita enfrentar el hoy y el mañana, reconstruir el castillo de naipes que uno tenía, aunque sea de forma diferente.