Los profesores que aman enseñar, hacen que los niños amen aprender. Así, el maestro y el discípulo forman un equipo y crean la enseñanza juntos: sin un discípulo abierto al aprendizaje y un maestro con algo que compartir, nunca se produciría el mágico intercambio.

Pero también existe el autodidactismo como forma de aprendizaje autónomo. Seguro que todos conocemos casos, pero cito como ejemplo a Isaac Asimov, que creía firmemente que la autoeducación es el único tipo de educación posible. No es extraño que pensara esto pues, aunque de origen ruso, su infancia transcurrió en el barrio neoyorquino de Brooklyn, donde aprendió, con cuatro años, a leer solo. Fue entre los estantes llenos de revistas de la tienda de su padre, donde el joven Asimov se encontró por primera vez con la ciencia ficción. Empezó a escribir en su adolescencia y a los diecinueve años, ya publicaba relatos. Fueron los comienzos de una prolífica obra en todos los campos.

Y es que los autodidactas tienen mucho mérito, pero del aprendizaje en soledad pueden resultar también muchas carencias, incluso afectivas. No obstante, los que han llegado a aprender de forma autónoma, probablemente en algún momento de ese arduo camino, han contado con personas a las que han podido observar, escuchar y aprender de sus actos y sus palabras.

Por tanto, en el aprendizaje es conveniente una labor de equipo; siempre hay una realidad de la que partir y una meta a la que llegar, tarde o temprano, con mayor o menor esfuerzo, aunque siempre dentro de unas coordenadas: ilusión por aprender y maestros que actúen como despertadores. Así lo afirmó el poeta estadounidense Robert Frost, cuya enseñanza en una escuela de inglés fue determinante para desarrollar los programas de escritura creativa.

Este tipo de aprendizaje cuenta con seguidores que proponen innovaciones pedagógicas para ayudar a obtener mejores resultados académicos. Tal cual tenemos el panorama, es alentador ver centros que ponen en marcha proyectos innovadores con profesores que se adhieren al reto de educar con ilusión. Son numerosos los colegios e institutos que, ante la indefinición de nuestras leyes y la incertidumbre del sistema, no permiten que sus alumnos sigan engrosando las negras estadísticas del fracaso español en este crucial asunto. Por ejemplo, el colombiano “Método Fontán”, intenta demostrar que no todo lo que se enseña es aprendido ni de la misma forma ni con la misma extensión.

Esto que parece tan obvio, es la premisa básica de este sistema que afirma que lo que se aprende en profundidad, es porque se parte de conocimientos previos, se construye uno mismo el aprendizaje, y se relaciona con vivencias propias que se ponen en práctica.

El “Método Fontán” redefine la relación alumno-profesor, transfiriendo la responsabilidad del aprendizaje al educando con una metodología orientada y supervisada por el profesor, pero huyendo de la exposición de conceptos dirigidos a todos. Así, la labor del docente es apoyar y estimular al alumno para que progrese con seguridad y autonomía.

El proceso consta de cinco fases: partir de la realidad, buscar información, contestar las preguntas de un guión, descubrir el significado del tema y su relación con la realidad y, por último, evaluar logros y dificultades.

Este innovador método genera conflictos por las dudas, inquietudes y resistencia al cambio que supone. Pero afortunadamente queda la satisfacción de ver a niños que aprenden y saben organizar su estudio, cuando este método se ha llevado a cabo desde una edad temprana. Después de todo, como dice la profecía de Alvin Toffler, escritor futurólogo estadounidense y autor de “El shock del futuro”: El analfabeto del futuro no será la persona que no pueda leer, sino la que no sepa cómo aprender.