Varias escuelas estadounidenses han retirado de sus bibliotecas la novela antirracista Matar a un ruiseñor de Harper Lee (1960), por usar la palabra nigger (“negrata”). La consideran demasiado ofensiva para los niños, que hiere su sensibilidad y que es mejor censurarla y que no la lean en ningún sitio.
Es lamentable que haya padres, profesores o incluso adolescentes que hayan sido, con falaces argumentos, los artífices de este despropósito educativo.
Lo paradójico es que esta novela que aboga por la igualdad de razas haya vendido más de cuarenta millones de ejemplares y que su adaptación al cine obtuviera tres Oscar en 1962. La historia, a través de los ojos de una niña, hizo que se comprendiera que la empatía entre los seres humanos no depende del color de la piel.
Es muy flaco el favor que se les hace a los estudiantes al eliminar esta novela de los planes de estudio y arrinconarla como “políticamente incorrecta”. Es inadmisible que gobernantes y educadores eviten la discusión sobre el racismo en las aulas, un tema tan crucial en la educación de los jóvenes. Llevado de la mano de un maestro, les abriría las puertas de la tolerancia y la paz.
Sin embargo, la sociedad estadounidense prefiere mirar a otro lado y no parece haber entendido las palabras del abogado Atticus Finch (cuya interpretación le valió un Oscar a Gregory Peck) cuando pronuncia su famosa reflexión: “Uno no conoce de verdad a un hombre hasta que se pone en su pellejo y se mueve como si fuera él.”
La escuela de pensamiento único nos asedia, ya que este asunto no nos es lejano y corremos el riesgo de que nuevas generaciones, en lugar de evolucionar hacia la integración y el respeto a la diferencia, involucionen sin saber por qué (que es lo más grave) hacia la disgregación y el odio a lo diferente.
Asistimos impotentes a un adoctrinamiento masivo y cruel en las escuelas, que derivará sin remedio en nefastas consecuencias. El Ministerio de Educación alerta de que el acoso a alumnos no independentistas se ha incrementado exponencialmente tras el 1-O. Se ha puesto a disposición de los acosados un correo electrónico para presentar denuncias. Por dichos actos de adoctrinamiento, se exigen responsabilidades tanto a gobernantes autonómicos como al profesorado, para restaurar los derechos conculcados a los alumnos por motivos ideológicos.
El colmo se alcanzó en un colegio en el que se escenificó un cuento para escolares menores de siete años, con un final feliz: “se mata al Rey y a los policías malos”. ¿Cómo se les queda el cuerpo? El fanatismo colonizando las mentes de nuestros niños… ¿A esto le llaman “libertad”?
Ya saben: Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo. Aprovechando la coyuntura, Valencia y Baleares van haciendo camino y están imponiendo el catalán a médicos, enfermeras y profesores, aunque su asignatura sea enseñar alemán, y si no… al paro.
La gente de paz nos preguntamos si Torquemada está resucitando y pronto nos encontraremos una gran hoguera en la que arderán los que no entren por el aro, así como multitud de obras maestras de la literatura, de las que todos hemos aprendido valores y contravalores, y nos han enseñado a elegir libremente qué queremos ser y no que nos lo impongan.
Claro… eso sería más fácil que acompañar a nuestros niños a disfrutar de una lectura crítica de esas magníficas historias. Como ven, la realidad en este caso es mucho peor que la ficción. Por eso me temo que nuestro hidalgo Don Quijote corre peligro… aunque a tantos les convendría aprender mucho de su “bendita locura”.

