Es frecuente, en estos días, que los medios de comunicación nos den noticias relacionadas con la educación. Las cifras de acoso escolar, en los últimos sondeos, ascienden; en los Centros de la Comunidad de Madrid se aplican las pruebas oficiales de evaluación externa para medir los niveles, con la consiguiente polémica de si la calificación figurará o no en el expediente del alumno; los perjuicios que ocasionan en los adolescentes el mal uso de internet y de las redes sociales, y sobre todo la práctica del sexting (envío de fotos y vídeos de contenido sexual a través del móvil). Hay una larga lista de trabas que no hacen más que poner barreras a lo fundamental en educación: enseñar a los hijos y alumnos a utilizar su libertad con sensatez, eligiendo lo que les permita construir su vida y no destruirla; en definitiva, aquello que les proporcione auténtica felicidad.
Parece que padres y profesores nos empeñásemos en conseguir de los chavales el dominio de sus emociones, una gran creatividad, el desarrollo de su capacidad intelectual, facilidad para relacionarse y trabajar en grupo, el aprendizaje de varios idiomas y un sinfín de objetivos muy loables y necesarios, pero olvidando a veces lo principal: enseñarles a ser libres.
Tenemos una asignatura pendiente: la educación para la convivencia. Así se llamó en otros planes de estudio no muy lejanos, y no parece que ahora se vea la necesidad de que tal enseñanza recorriera transversalmente todas las materias del currículo, sin excepción, y fuera impartida por todos los implicados en la educación: desde los legisladores, los padres como primeros educadores, los profesores de todas las especialidades y la sociedad en general. Recordemos la afirmación de José Antonio Marina: “En educación ha de intervenir toda la tribu”.
Ya sé que nos es fácil… pero ¿quién dijo que crecer y madurar lo fuera? ¡A veces duele, y mucho! Yo no me siento capaz de alentar en un alumno la elección libre de su camino profesional –por ejemplo de técnico informático– sin educarle antes en cómo habrá de utilizar sus conocimientos con libertad y sin dañar a otros.
Me pregunto si en el ciberacoso masivo que ha violado la intimidad de medio mundo, los acosadores habrán tenido alguna vez a alguien que les advirtiera de las consecuencias del mal uso de su libertad. Nos permitimos dudarlo ante semejante resultado de barbarie informática.
¿Y el marinero que ha facilitado la llegada de un barco a Galicia con cinco toneladas y media de cocaína? Seguramente, nadie le asesoró sobre el valor de su libertad.
Por desgracia, esto no deja de ser la punta del iceberg de un enorme problema subyacente en la humanidad del siglo XXI. Da la sensación de que el avance tecnológico va mucho más deprisa que la capacidad del ser humano para gestionarlo con sentido común. Dan vértigo las atrocidades que pueden cometerse si no se utiliza la cordura en aras de esa libertad a la que nos referimos. ¿Para qué queremos ser libres, si nos esclavizamos con un sinfín de aparatos que nos impiden mirar a los ojos a nuestros interlocutores? ¿Para qué queremos libertad si dependemos de tantas adicciones?
Hace unos días, en un programa de radio, escuché una noticia: ya hay tatuajes que hablan. Sí, sí… y los hay que reproducen el llanto de un bebé o un tierno “te amo”… El locutor, aterrado por esta reciente moda, afirmó: “Parece que la humanidad no está pasando por su mejor momento”. Razón tenía. Pero eso sí: quienes tenemos la importante misión de enseñar a ser libres a los que tenemos a nuestro cuidado, no nos rendiremos jamás.

