Mayo, sin él quererlo, se hace protagonista de la primavera con su luz y color. Sus flores son signo de amor y expresión de afecto para con aquellos a los que queremos y nos importan.

Su esencia me trae personas significativas que perviven en el recuerdo, pone en valor que ser padres es una elección desde la libertad y no desde la obligación y que ser hijo/a es una determinación producto de un juego de azahar, en el que sin duda yo fui premiada.

Quiero dedicar esta columna del mes de mayo a los protagonistas de nuestra infancia, a los que colmaron de enseñanzas nuestros días con el fin de vivir una vida plena y gratificante, nuestros padres.

El amor en la infancia es un sentimiento que busca y necesita el encuentro con aquellos que le dieron vida; es el artífice de crear una dimensión llena de confort, un lugar en el que los menores se sientan amados, seguros, respetados. Donde la competición y/o sentimiento de inferioridad no tiene cabida. El amor emplaza en el corazón de los más pequeños a personas que quieren y les quieren, elegidas por deseo propio sin imposición ni obligación y por méritos propios.

En esta realidad, utópica o excesivamente idealizada, es donde los padres desarrollan una responsabilidad inagotable carente de caducidad, es donde están personas que dan, dieron y siguen dando todo por nosotros. Ellos con sus gestos y conductas, sinónimos de identidad y expresión de amor, son los encargados de tejer vínculos afectivos estables que den seguridad a la personalidad futura del niño.

Como diría Freud, padre del psicoanálisis “Infancia es destino”, las muestras de cariño, amor y reconocimiento en la niñez es lo que hace adultos felices en un futuro cercano. Los hijos somos el resultado de conductas aprendidas reflejo de las creencias, principios y sentimientos de nuestros padres, imitamos y perpetuamos su forma de ser y hacer, aunque esta sea disfuncional. Ellos son los que negocian nuestro destino al hacernos felices o infelices en una época clave de nuestra vida, la infancia. Su apostolado en valores y principios es un manual de recomendación de buenas prácticas, un legado de amor en base a una experiencia y sabiduría de vida, ellos han vivido antes lo que ahora nos toca vivir a nosotros.

La forma de ver y comunicar de los progenitores es lo que conforma y consolida la visión del mundo exterior del menor, lo que cultiva en él la mentalidad de la abundancia, de compartir y no competir, y lo que motiva la salida de un auto lenguaje positivo, una forma de hablarse efectiva, que permita despertar la función deseante que habita en su interior “Soy valioso, puedo conseguir”.

Su comportamiento, su forma de sentir y expresar los afectos, enseña a los hijos a cubrir la necesidad de pertenencia que tanto necesitan, les condiciona a la hora de tener o no tener una actitud de amor, lealtad, compromiso y solidaridad hacia los demás; les protege o abandona ante la manipulación o sentimiento de inferioridad; facilita o dificulta la expresión de elogios y sentimientos, “un bien hecho o un te quiero” cuando más se necesita, sin sentir vergüenza por ello. Nos capacitan a verbalizar la necesidad de ayuda que todos tenemos sin sentirnos inferiores.

Rindo homenaje a aquellos que nos hacen participes de un amor sano y generoso, donde tanto ellos en su condición de padres, como ellos sus descendientes, nos sentimos únicos y especiales; profesando un amor espontáneo, generoso y no interesado; un amor que jamás cuestiona si se merece o no, si es recíproco o si fluye en una sola dirección. Un amor aprendido y desarrollado en el deseo y no en el cumplir de la norma.