majaderos en redLUIS POMED

De acuerdo con la primera acepción que del término nos ofrece el diccionario de la Real Academia Española, se califica de majadero al “necio y porfiado”. De modo que lo grave no es tanto que el sujeto en cuestión sea necio, cuanto que porfíe en su ignorancia, que se deleite en ella.

Vaya por delante que la existencia de majaderos está acreditada desde la noche de los tiempos. En los peores momentos crepusculares de la humanidad, los majaderos se agrupaban y lograban imponer su estulticia ilimitada, siendo más común que actuaran como fuerza retardataria de las mejores iniciativas o que permanecieran en los arrabales de la vida social, solos con su estupidez. Dicho de otro modo, majaderos ha habido siempre, pero quienes pensaban que la tierra era plana o expresaban nostalgia por algún régimen totalitario no encontraban sino el lógico menosprecio a su necedad o a sus deficiencias morales.

El panorama ha cambiado radicalmente desde el momento en que las llamadas “redes sociales” han venido a proporcionar un punto de encuentro a los majaderos de toda laya. Allí se encuentran y se reconocen, generan sinergias de imbecilidad sin fin e idean todo tipo de grandes empresas con las que realizar sus sueños, llamadas pesadillas para el resto de los mortales.

Así, dos “terraplanistas”, subespecie especialmente poco dotada desde el punto de vista intelectual, se lanzan al mar ¡Mediterráneo! para demostrar a cuantos incrédulos pueda haber, que nuestro planeta es plano como planas son las estepas siberianas y que el fin del mundo se encuentra en ¡la isla de Lampedusa! Para alcanzar su remoto destino se sirven de una brújula, instrumento que funciona a partir del magnetismo terrestre, principio cuya existencia ellos rechazan. Sea como fuere, estos modernos argonautas debieron ser rescatados por el servicio marítimo italiano sin que pudieran coronar con éxito su aventura. La razón, posiblemente, debamos buscarla en una conspiración de las fuerzas de la oscuridad.

Entra aquí en juego la otra gran subespecie de majaderos: los conspiranoicos. Individuos, en estrictos términos biológicos, refractarios al saber científico y al contraste de los datos, carentes de humildad y pagados de sí mismos. Cualquier ocasión es buena para desentrañar la urdimbre de una conspiración, a condición de que en ella se entrecrucen algunos personajes imprescindibles. No debe faltar nunca, como nos enseñaron los perpetradores de “Los protocolos de los sabios de Sión”, uno o varios judíos; ahí entra el inefable George Soros, que está detrás de cuantos movimientos o actividades nos repugnan o incomodan. Por supuesto, es imprescindible algún personaje de talante liberal y sólidos recursos económicos y nadie mejor al efecto que Bill Gates. Como somos unos clásicos, siempre le encontramos un papel, aunque sea de extra sin frase, a la augusta Masonería, ahora de capa caída y bien raída. Conviene que se reúnan en remotos parajes, mejor si son montañas suizas, pues no por casualidad en ellas encontró la muerte Sherlock Holmes combatiendo otra conspiración, la liderada por el profesor —con varios sexenios a sus espaldas— James Moriarty.

No importa que estas conspiraciones sean inverosímiles, más propias de una mala película de James Bond que de una descripción mínimamente rigurosa de la realidad. Puede que resulte inexplicable la necesidad de que todos aquellos que han amasado sus fortunas con el vigente “orden mundial”, supuesto que quepa hablar de tal cosa, promuevan ahora el establecimiento de uno “nuevo”, que en nada se distingue del actual. Quizás no se comprenda muy bien que personas con tanto poder y que mueven la tramoya de la historia resulten ser luego remedos del inspector Clouseau pues nunca alcanzan sus objetivos. Todo eso es irrelevante para quien tiene fe y por si esta flaquea, se le proporcionan confirmaciones entresacadas de medios no “contaminados”, medios que se atreven a desvelar la verdad que otros ocultan. Que luego esa verdad nunca se confirme solo pone de manifiesto la extensión de la conspiración, la potencia de las fuerzas en ella implicadas, que no pueden ser combatidas desde la idiocia.

Dicho todo esto, quiero prevenir al lector frente al riesgo de caer en el vicio que se denuncia. Es absurdo sostener que las redes sociales sirven únicamente para el encuentro de los miembros de la comunidad de majaderos o de quienes toman como dogma cualquier afirmación inserta en Internet. Las redes pueden servir, y frecuentemente lo hacen, para elevar la formación —y la información— de la ciudadanía. A fin de defender unas redes verdaderamente democráticas y combatir la demagogia, en lo digital como en lo analógico no hay mejor remedio que una buena educación cívica. Una ciudadanía con conciencia crítica es siempre el mejor baluarte para la defensa efectiva de un régimen de libertades.