Luis Pomed Sánchez

Vladimir Trump, héroe de la Unión Soviética

Tradicionalmente, la política estadounidense ha adolecido de una cierta incapacidad para la renovación de liderazgos. Prueba de ello es la inveterada sucesión de dinastías presidenciales. El siglo XX arrancó con los omnipotentes y omnipresentes Roosevelt, avanzó con los trágicos Kennedy y concluyó con los crecientemente lóbregos Bush; el siglo XXI se ha abierto con los inefables Clinton y los ladinos Obama y en el horizonte se va alzando el pendón de la dinastía Trump. En términos cinematográficos, estos cien años han degenerado desde Retorno a Brideshead a La familia Addams.  

En 2016, Donald Trump obtuvo una amarga victoria sobre la candidata demócrata, Hilary Clinton: Si bien logró 304 votos del colegio electoral frente a los 227 de su adversaria, fue derrotado por casi tres millones de papeletas en el voto popular. En 2024, Donald Trump ha logrado un triunfo incontestable, tanto en votos electorales (312 frente a 226), como en voto popular, con una diferente ligeramente superior a los dos millones. Si en su primera elección triunfó por una inteligente estrategia electoral, que supo sacar provecho de las peculiaridades del sistema electoral federal estadounidense, en estas últimas elecciones presidenciales se ha impuesto a todo aquello que, a los ojos del elector americano, personificaba la improvisada candidata Kamala Harris.

Los movimientos pendulares son consustanciales a la democracia, el riesgo estriba en la ausencia de gobernantes pragmáticos y en el predominio de quienes empujan el péndulo al extremo. Las oscilaciones se tornan más violentas y amenazan con destruir el espacio central donde conviven quienes solo aspiran a ser ciudadanos libres e iguales. Es así que la política actual se caracteriza, antes que por la polarización, efecto más que causa, por el menosprecio a todo aquello que no confirme los prejuicios propios y el desprecio olímpico al diferente, que vive anclado en el error, del que es imposible zafarle.

Apenas ha retomado posesión de su cargo el señor Trump y, sin despedir siquiera a su peluquero, ya ha dado muestras de lo que cabe esperar de la zafiedad que confunde la riqueza con la inteligencia. Particularmente, su política exterior oscila entre las bravatas del fanfarrón y la ausencia completa de empatía del psicópata (por cierto, que empieza a echarse en falta un estudio de campo sobre las relaciones entre este trastorno de la personalidad y la dedicación a la política partidista). El desprecio por el sufrimiento de las víctimas de los conflictos armados que siguen asolando el planeta ha alcanzado su cénit en el tratamiento que el viejo-nuevo presidente y sus adláteres han dispensado a Ucrania.

Como es habitual en las páginas de la historia universal de la infamia, se presenta a las víctimas como verdugos, merecedoras de un castigo que no es sino justa retribución a sus malas acciones. Zelenski es calificado de dictador, al tiempo que se guarda silencio sobre la obra de Vladimir Putin, un hombre que hizo realidad el sueño de Himmler: lograr que un responsable vocacional del aparato represivo del Estado sobreviviera a este y fuera aceptado como legítimo representante de la nación. ¿Qué culpa tiene el antiguo chequista de que sus compatriotas, especialmente quienes se le han opuesto, no cuiden debidamente de su salud?, ¿quién se atreverá a acusarle de haber acallado a las asociaciones de defensa de las libertades públicas como Memorial? Probablemente, nadie que valore su libertad privada.

Lo peor, con todo, no es que exista una patulea que sostenga que fue Ucrania quien bombardeó Moscú, quien hizo y viene haciendo de la guerra un instrumento ordinario de la política internacional, en burla directa de la Carta de Naciones Unidas. Lo peor es, siempre, la existencia de colaboracionistas, cobardes y obsequiosos con el amo del día, déspotas con sus súbditos. Importa frenar el vaivén del péndulo y buscar el pragmatismo que en política nos da la consciencia de nuestras limitaciones, una consciencia que nos evitará caer —nuevamente— en el abismo.