Dra. Elsa Martí Barceló

Nacemos o nos hacemos …Estudios clínicos avalan la existencia de una predisposición genética a ser “mala persona”. Concepto aplicado a la persona carente de bondad, que actúa con malas intenciones, que busca de forma consciente el mal sin remordimiento alguno, violando los principios morales o normas sociales establecidas en propio beneficio.

Una conclusión para mí incompleta, ya que la probabilidad de ser “buena o mala persona” tiene más relación con la interdependencia existente entre genes y ambiente.

Soy una firme convencida de cómo los factores ambientales, y no solo genéticos, predisponen a determinados comportamientos considerados dañinos e inmorales. Factores ambientales como la educación recibida o el entorno en que se nace, se crece y se evoluciona. En definitiva, las variables condicionantes de la trayectoria vital de las personas.

Todos debemos ser consciente de la influencia del aprendizaje social en la formación y en el desarrollo de la personalidad en el ser humano. De los conocimientos que se adquieren observando e interactuando con “el otro”. De la capacidad de transformación impulsada por el aprendizaje de imitación, proceso psicológico mediante el cual el individuo adopta lo que ve en su sistema de creencias, normas y patrones sociales. Y, por supuesto, de la responsabilidad que tenemos de enseñar a los demás dando ejemplo, lo que significa ser bueno para fomentar patrones de apego seguros y generar así conductas imitativas. Modelos de comportamiento a imitar promovidos por las ventajas asociadas a ser buena persona.

¡Está claro que lo que de verdad enseña es lo que vivimos y experimentamos junto al otro! Su ejemplo moldea nuestro sistema de creencias y por ende nuestros comportamientos.

De ahí, la importancia en promover una educación con límites. Enseñar las normas que rigen las consecuencias de las buenas y malas acciones para crear y fomentar un entorno dirigido a hacer el bien, donde los afectos crezcan y se multipliquen con efecto motivador para internalizar conductas, explorar e imitar lo que es bueno, seguro y confiable para la persona.

Está más que demostrado el papel determinante que tiene el entorno sobre la plasticidad cerebral. Cómo el ambiente externo determina, condiciona el desarrollo cognitivo y emocional de la personalidad para bien o para mal, desde que somos niños.

Hago referencia a la edad infantil por ser una etapa decisiva y fundamental en el desarrollo de la personalidad. Decisiva por ser el periodo donde los modelos de conducta y comportamiento se asientan a través de hábitos, costumbres y valores ajenos, lo que cognitiva y emocionalmente se tiende a imitar por considerar que es bueno para la identidad, el autoconcepto y la autoestima de las personas y/o para el fortalecimiento de ambientes seguros y confiables enfocados en ayudar a otros y no causar daño.

Y qué ocurre cuando el entorno no es favorable, ¿estamos condenados a ser malas personas?

No, no estamos condenados porque la personalidad no es fija. Evoluciona con la mentalidad del aprendizaje y con la puesta en práctica del autoconocimiento, autocritica constructiva con intención de reconocimiento, análisis y acción correctiva.

Pedir disculpas, expresar el remordimiento y comunicar el arrepentimiento es lo que permite cambiar etiquetas negativas por otras más positivas.

Las personas pueden, en la edad adulta, reconstruir su conciencia, reorientarla hacia el bien observando la forma de ser, actuar y ofrecer del otro. Aprendiendo de su humildad, su capacidad de buscar ayuda o consejo para reconocer y corregir errores.

Convenzámonos, las personas solo cambian cuando experimentan las consecuencias a las que lleva actuar sin ética. Cuando la soledad, el alejamiento o la falta de afectos de sus seres queridos se hace presente por manipular, engañar, ofender o humillar.

Apelar a la voluntad individual es lo que permite autodirigir las acciones y decisiones conforme a lo establecido “como bueno” y, sin duda, lo que evita que el pasado nos defina.