chanelLuis Pomed Sánchez

España ha vivido días de alborozo y regocijo. No ha sido para menos: la Coco Chanel patria, hija de españoles de ambos mundos, prácticamente ha salido victoriosa de la más alta ocasión musical que vieron los siglos. La artista olesana se ha alzado con una muy meritoria medalla de bronce en un festival renombrado por los valores musicales que propugna y en el que se conmemora, mediante la entonación de canciones interpretadas en un inglés que difícilmente comprenderá un vecino de Oxford, la imparable diversidad y pluralidad europea; continente tanto más plural cuanto que sus confines geográficos parecen comprender, al menos durante los días de celebración de este magno evento, la isla de Tasmania, al sur de Australia. Ni que decir tiene que el festival de marras es un dechado de honradez y rigor en el que jamás observador alguno pudo atisbar corruptelas con votos y premios, tan frecuentes en otras latitudes.

Innecesario parece calificar de perfectamente descriptible la emoción que he experimentado en la última edición del festival de la canción de Eurovisión. Tampoco será preciso insistir en demasía en el respeto que me merece doña Chanel Terrero Martínez, a la que deseo los mayores éxitos y alegrías en cuantas empresas afronte en lo porvenir; deseo que, por supuesto, hago extensivo a sus colaboradores, familia y amigos.

Proferidos los gritos de rigor, vayamos al asunto que modestamente me interesa. Hace algún tiempo, un riguroso analista de la vida política, que los hay, apuntaba una interpretación de los éxitos electorales del magnate Silvio Berlusconi que parece haber seducido a una parte de nuestra “clase” (aula sería más correcto denominarla) política. Sostenía este fino analista que don Silvio no salía victorioso en las urnas por sus promesas electorales o por sus logros en la gestión, sino por su cercanía catódica a los electores. El señor Berlusconi era parte integrante de los hogares italianos, un miembro más de las familias, con las que conversaba de fútbol en su calidad de presidente del AC Milan, rememoraba sus años de juventud a bordo de cruceros, preparaba un plato de pasta en cualquiera de los programas de sus canales de televisión, y solo raramente peroraba sobre política y los riesgos que se cernían para los italianos si cualquiera de sus contrincantes se hacía con las llaves del palacio Chigi, sede de la presidencia del consejo de ministros italiano. Llegado el día de las elecciones, ¿cómo no se iba a votar a don Silvio, si era uno de los nuestros, uno más de la familia?

Los populistas de guardia han seguido los pasos de su modelo italiano y durante meses han convertido el proceso de selección de nuestra representante eurovisiva en tema de candente actualidad política. No solo porque se encuentran más cómodos pontificando sobre cuestiones banales que reflexionando sobre la crítica situación que atraviesa Europa, sino porque abominan de cualquier consideración de la democracia como un gobierno limitado que deja en manos de los ciudadanos la mayor parte de las facetas de su vida para que, en ejercicio de su libertad, puedan arrostrar la compleja tarea de vivir y buscar su felicidad. Para el populismo, todo es política porque todo debe ser decidido en común y sin pudor alguno. No hay pudor en las expresiones ni tampoco en la selección de asuntos a tratar. Difícilmente podrá sorprender, por tanto, que compartan con nosotros temas de su vida y funciones fisiológicas que preferiríamos ignorar: es preciso que sepamos y que compartamos esos días, esos anhelos y desvelos, alguna que otra resaca, porque así serán de los nuestros. O, lo que es peor: a fuerza de degradar el ambiente, nosotros nos convertiremos en ellos, nos confundiremos en sórdida amalgama de vacuidades.