bibliofilo-scarlatti-historiaLUIS POMED

El diario “El Mundo” llevaba a su edición del 19 de enero de 2022 una información que tituló “La Real Academia de la Historia dice que hay una ‘sobrerrepresentación de contenidos políticos’ en la nueva asignatura”. La nueva asignatura que en elipsis se menciona no es otra que la denominada “Historia de España”. Mi sorpresa por la ausencia de eco de esta información en otros diarios independientes de la mañana desapareció tan pronto finalicé la lectura del cuerpo de la noticia: querían preservar el buen nombre de los miembros de la docta casa que, en su candidez, habían sembrado su informe de yerros y desatinos. Dos de ellos provocan particular sonrojo al lector medianamente avisado.

Lamentan los académicos que el programa de la enésima reforma del Bachillerato —ignoro si al momento de publicarse estas líneas esa reforma seguirá siendo la más reciente, que dos semanas es largo tiempo— apunta a una “historia sin hechos”. Supuesto que así sea, no se entiende bien la queja. ¿Acaso ignoran nuestros académicos que el problema de la historia es que en ella pasan demasiadas cosas como para que los delicados cerebros de nuestros tiernos infantes las retengan? Por no hablar del impacto emocional que en la mente de Yessica o Antony puede tener la noticia de que Juana de Arco murió en la hoguera o que los buenos no ganaron tal o cual guerra. Estos inconvenientes desaparecen desde el momento en que se suprimen los hechos de la historia. ¿Acaso no fue capaz Saramago de reescribir la historia del cerco de Lisboa con la desidiosa mano de un corrector de estilo? Pues otro tanto pueden hacer Rey2036 o Wandalokita. Bien pudiera suceder que en la hipótesis de que el profesor cometiera la temeridad de abordar un suceso histórico, pongamos por caso la Guerra Civil española, esta nueva forma de enfrentarse —nunca mejor dicho, permítaseme la inmodestia— con la historia arrojara tantos finales como alumnos pueblen el aula. Pues bien, ¿no deberíamos ver en este resultado una muestra feliz de la fértil diversidad de nuestra sociedad? Me entristece la poca altura de miras de los académicos de la historia. Pero me entristece todavía más pensar que Carlota o Joel no podrán disfrutar de los beneficios de la alegre reforma que nos aguarda a la vuelta de la esquina. Sus padres les matricularán en el Liceo francés o en el Colegio alemán, condenándoles así a una vida de marginalidad y fracaso cuya descripción ahorraré al pudoroso lector.

Denuncian igualmente nuestros académicos el “sesgo presentista” de la nueva asignatura, como si eso fuera un defecto. Al contrario, es la principal virtud de la reforma, bien que empañada por una duda. Los académicos, encerrados en sus estructuras mentales, hablan de una historia contemporánea cuyo comienzo sitúan en Revolución francesa, pues quieren pensar que los valores que la inspiraron siguen siendo principios inspiradores de nuestras sociedades. Esta forma de pensar muestra bien a las claras que estamos ante una institución anticuada y que precisa de una renovación radical. El mundo en el que vivimos nace con la aparición de Tik Tok y es a ese momento fundacional al que debemos atenernos. La historia tiene, no lo dudemos, un principio y un final, pero los muñidores de la reforma han acertado a ver que estos no son la expulsión del Edén y el juicio final, respectivamente, sino la creación de cada red social y su sustitución por otra. Habrá quien, desde su ignorancia, achaque a la reforma ser el reflejo de una concepción circular del tiempo y el menosprecio de un saber que contribuye poderosamente a una mejor comprensión de nuestro mundo porque nos ayuda a entender nuestro pasado. Y aun añadirán cegar el pasado nos impide ver el presente y vislumbrar el futuro. ¡Habrase visto!