hijos-putinLuis Pomed Sánchez

Desconozco si el señor —perdonen que le llame así, pero no le conozco lo suficiente— Putín puede ser tildado de comunista, como sostienen algunos sesudos analistas, o de irredento nacionalista, como postulan otros. Sin embargo, estoy bastante seguro de que no le cuadra el calificativo de marxista. Fue don Carlos quien dijera que, cuando la historia se repite, lo hace primero en forma de gran tragedia y luego como miserable farsa, y don Vladimiro quien se empañe en contradecirle. Trataré de explicarme.

Próxima a concluir la Segunda Guerra Mundial, Heinrich Himler, jefe de las SS, dio muestras de los motivos que le habían llevado a ser calificado como “el más fiel entre los fieles” y decidió traicionar al jefe de la banda criminal que destruyó Alemania y Europa. Tuvo la feliz idea de ofrecerse a los aliados anglo-americanos como una alternativa de estabilidad y anticomunismo en Europa. Como es sabido, ni ingleses ni americanos supieron apreciar el gesto. Hete aquí, sin embargo, que medio siglo después un oscuro burócrata de otra máquina de represión, ahora el KGB, digno heredero de la sanguinaria NKVD y de la asesina Checa, logra aquello que su predecesor germano se propuso y no alcanzó: alzarse con el santo y la limosna para continuar usando y abusando del poder. Miserable, sin duda, pero de farsa poco tiene esta repetición de la historia.

Para sorpresa de propios y extraños, el chequista no ha dado señales de una excesiva sensibilidad democrática y se ha mostrado más atento a recrear las formas y extensiones del viejo —acaso, eterno— imperio ruso, que a asegurar el gobierno de la ley. Según parece, en la política interna se ha conducido conforme a una lógica belicista, contra los enemigos, que luego no ha mostrado especiales reparos en extender a la arena internacional. Ha logrado cegar las fuentes de la memoria y del recuerdo de los crímenes de la dictadura comunista, incluyendo el exterminio por hambre del pueblo ucraniano que se ha dado en denominar “Holodomor”, a cuyo fin ha perseguido con saña a la asociación “Memorial”, que estudia y documenta la barbarie estalinista. No menos aplicado se ha mostrado en el ataque al derecho de las personas a la búsqueda de la felicidad, como bien nos muestra el acoso al que ha sometido al colectivo LGTBi.

Alcanzados sus últimos objetivos en el frente interno, parece que don Vladimiro ha creído llegado el momento de recrear la primavera de Praga y la cosa le ha salido regular, más parecida a la entrada en Kabul que a la represión de los ciudadanos checos. Imagino que en su despacho del Kremlin estarán dibujadas las líneas del ataque preciso para retomar Moldavia y las repúblicas bálticas y quién sabe si no anhela acudir al rescate del Museo de la RDA en el Berlín este.

No necesito advertir que ignoro dónde concluir la aventura imperial de don Valdimiro. Pero una cosa doy por segura: no habrán de faltarle escuderos que justifiquen sus guerras de agresión y que tomen por muestras de elevado estadista las bravuconerías y amenazas de un matón. Por supuesto, se escribirán nuevas páginas en la historia universal de la infamia; y las redactarán cuantos hagan de las víctimas responsables de su tragedia, olvidando que ante el verdugo todos somos víctimas.