El pasado día 10 de diciembre de 2024, el presidente del Gobierno anunció a la ahíta ciudadanía que 2025 será un año pródigo en actos, eventos y saraos, “más de cien”, afirmó, en conmemoración del cincuenta aniversario de un “shock endotóxico provocado por una aguda peritonitis bacteriana, disfunción renal, bronconeumonía, paro cardíaco, úlcera de estómago, tromboflebitis y enfermedad de Parkinson”, causa oficial de la muerte en el Hospital de La Paz del dictador Francisco Franco Bahamonde. Profesionales de la medicina al margen, personas de natural poco propensas a reconocer mérito alguno a los virus, bacterias y enfermedades, menudearán quienes critiquen el programa de fastos y alberguen dudas sobre su oportunidad y conveniencia.
Dirán, en primer lugar, que si de lo que se trataba era, en palabras de nuestro presidente del Gobierno, de “poner en valor la gran transformación en este medio siglo de democracia y homenajear a las personas y colectivos que lo hicieron posible”, lo pertinente era esperar al cincuenta aniversario de la Constitución de 1978, origen de nuestra democracia. ¿Pero quién nos asegura que quien es ahora legítimo inquilino del palacio de la Moncloa lo siga siendo en 2028? Ante las dudas, mejor asegurarse y, si no es seguro que podamos celebrar la partida de nacimiento de la democracia, conmemoremos el acta de defunción del dictador.
En segundo lugar, conviene recordar que aproximadamente 300 000 personas pasaron por la capilla ardiente del dictador, no para homenajear al finado sino para ejercer prestamente el derecho de manifestación. Ahí es nada: 300 000 manifestantes en una ciudad que, según los datos del padrón municipal de habitantes, contaba por entonces con 3 201 234 habitantes. Las ansias democráticas eran tan irrefrenables que uno de cada diez madrileños se echó a la calle a pasearse a cuerpo.
En tercer lugar, celebrar el 20N permitirá recuperar una hermosa tradición que, por desidia de nuestros fascistas a la violeta, se estaba perdiendo. Bueno será engalanar la plaza de Oriente para recrear, mediante las herramientas que la inteligencia artificial pone a nuestra disposición, los mejores pasajes de los discursos de Blas Piñar o José Antonio Girón de Velasco, la sonrisa del régimen, tan telegénico él.
Por último, retrotraer el inicio de nuestra democracia al 20 de noviembre de 1975 ofrece un doble beneficio: De una parte, podemos convenir en la línea de continuidad entre el franquismo y el “régimen del 78”, en terminología al uso. Puede que algún maledicente aproveche esa relación para vincular al partido ahora gobernante con el movimiento otrora gobernado. Es un riesgo que merece la pena correr en aras de la satisfacción de la alegre muchachada que corea los gritos de rigor. De otra, justo es reivindicar la obra de ese demócrata de una sola planta que fuera Carlos Arias Navarro.
Según parece, los principales actos de reconocimiento a la figura de don Carlos tendrán lugar en febrero de 2025. En ese mes, la ciudad de Málaga le dedicará una plaza, a la que se bautizará “Carnicerito de Málaga”. Días después, el Congreso asistirá embelesado a la lectura del discurso que don Carlos pronunciara ante las Cortes orgánicas el 12 de febrero de 1974, pieza oratoria que nada tiene que envidiar a la oración fúnebre de Pericles o al discurso de Gettysburg, de un tal Lincoln. Los fastos se cerrarán con un acto de justicia: la recuperación de la denominación “Parque Carlos Arias Navarro” al espacio verde que ahora se llama “Parque Aluche”. Se reparará así el agravio que en 2016 infringiera el Ayuntamiento de Madrid dizque en aplicación de la Ley de memoria histórica. Ahora que sabemos que con don Carlos se inauguró la democracia, cerremos el círculo y olvidemos la historia.


