fiesta-de-la-democraciaLuis Pomed Sánchez

Pocos tópicos están más sólidamente asentados entre nosotros que la manida caracterización de cualquier jornada electoral como “la fiesta de la democracia”. Nos gusta subrayar este componente lúdico de la jornada electoral, a la que todos, en mayor o menor medida, estamos invitados. Algunos viven esa invitación formando parte, de grado o por fuerza, de la administración electoral; son los camareros y personal auxiliar de la fiesta. Otros, culminan en ese día un frenético periplo de paseos, manoseos y bisbiseos, que confían en que les ayude a alcanzar más altos destinos con los que dar satisfacción a su vocación de servicio público. Los hay, en fin, que por su tierna edad no pueden tener una intervención activa en la jornada, pero participan de esa alegría universal que ilumina los rostros de las multitudes.

Siendo esto así, y no creo que a estas alturas quede lector alguno que lo niegue, por más arisco, huraño o misántropo que se considere, podremos convenir todos en que la figura más repulsiva e irritante en cualquier celebración es la del aguafiestas. Atinadamente, el Diccionario de la Lengua Española nos lo define como aquella “persona que turba cualquier diversión o regocijo”, ofreciéndonos con toda crudeza el natural desalmado y mezquino que caracteriza a esta clase de sujetos.

A la vista de esta definición, fácilmente se comprenderá que nadie quiera interrumpir la efusión festiva de la jornada electoral, o alterar su curso amable y dichoso. Es por esta razón que ninguno de los partidos que hayan tomado parte en la contienda electoral querrá dibujar negros nubarrones en el horizonte reconociendo que los resultados cosechados han sido un desastre, o expresando su parecer sincero sobre la valía y consistencia de quien ha resultado ser el preferido del electorado. No es el momento de lamentos y tristezas, que pudieran empañar la alegría de todos. En un gesto de solidaridad que no siempre valoramos adecuadamente, los perdedores se nos muestran como auténticos ganadores y estos afirman que “gobernarán para todos”, dando a entender así que podrían ser sectarios incluso en la identificación del ámbito subjetivo de aplicación de las normas y que, si por ellos fuera, las favorables no les alcanzarían ni a los indiferentes.

En los últimos tiempos, la fiesta suele prolongarse más allá de la finalización de la jornada electoral, proyectándose incluso sobre los análisis que los medios de comunicación difunden a última hora de la noche, o en días posteriores. Tampoco aquí se quiere aguar la fiesta, y si quien ha ganado ha sido el candidato de la derecha, como ha sucedido en Andalucía, es de buen tono en los medios “progresistas” mencionarlo apenas veladamente, negando que concurra en él cualidad alguna, más allá de su sagacidad para elegir la fecha de la convocatoria electoral. Esta sagacidad, por cierto, nos lleva a imaginar al presidente electo de la Junta como un moderno arúspice, examinando las entrañas de animales antes de disolver el Parlamento. Por supuesto, cuando para un público de izquierdas se escribe, es preciso reiterar el mantra de que el gran derrotado ha sido Vox, con independencia de que, tras la peor campaña electoral que recuerdan los tiempos, haya cosechado cien mil votos más que en 2018, un crecimiento que aconseja prudencia en el análisis de las posibilidades de futuro de la formación liderada por Santiago Abascal. Ni tirios ni troyanos han apuntado que en la futura Cámara autonómica los puritanos de un extremo y otro solo sentarán a veintiún representantes, en tanto que los restantes ochenta y ocho, bien pueden ser considerados el reflejo del deseo de la inmensa mayoría de los andaluces de vivir en libertad e igualdad, sin crispaciones ni guerras culturales artificiosamente declaradas e innecesariamente sostenidas con dinero público. Si así fuera, y pocas dudas albergo al respecto, Andalucía habría dado, una nueva lección de civilidad y nos habría proporcionado un motivo para la esperanza.