Bibliófilo de Scarlatti: la doblezPor: LUIS POMED

En su magistral “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”, el inglés Thomas de Quincey expresó sus reticencias hacia la práctica de dar muerte por mano ajena: “Si uno se permite un asesinato, al tiempo empieza a minusvalorar el robo; pasa a darse a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y de ahí solo queda un pequeño paso para la descortesía y la falta de puntualidad. Una vez que alguien ha comenzado a descender por este sendero, nunca se sabe cuándo podrá parar”.

Carezco del refinado sarcasmo del escritor de Manchester, con quien, por lo demás, comparto en lo esencial su prevención para con el asesinato. Me atrevería además a añadir que en la actualidad podemos observar multitud de ejemplos de ese proceso de degradación personal y social tan precisamente descrito por nuestro autor a comienzos del siglo XIX.

No faltan quienes, tras obtener un cargo público representativo, se apresuran a poner en cuestión la legitimidad misma de su función, cruda imputación de una sedicente falta de legitimidad del Estado de Derecho al que —siempre presuntamente— han de servir lealmente. Negada la legitimidad de origen, poco cuesta ningunear la legitimidad de ejercicio, que además obliga al desarrollo de una actividad carente de glamour y colmada de sinsabores. Debo añadir, en honor a la verdad, que resulta harto infrecuente el caso de que ese repudio del Estado venga acompañado del rechazo a los productos resultantes de la hacienda pública: no suele ser habitual la renuncia a las subvenciones y ayudas públicas. De modo que se cuestiona el Estado que permite la expresión de la voluntad política de los ciudadanos, pero —sorprendentemente— se observa un escrupuloso respeto hacia el Estado que detrae de esos ciudadanos una parte de su peculio para financiar los gastos públicos. Visto desde su envés, se menosprecia al elector, pero se observa un respeto exquisito hacia el contribuyente.

Cultivan la multitarea. En particular, ellos parecen ansiosos de poner en sordina la creencia de que los varones no somos capaces de hacer varias cosas a la vez. Es una tarea hercúlea, pues si el éxito la corona, caerán mitos y leyendas, amén de no pocos refranes y dichos populares que nos advierten de la dificultad de estar en los oficios y repicando las campanas. No dudan en ofrecerse y actuar como juez y parte, víctima y verdugo o, las más de las veces, gobierno y oposición.

En el momento actual, los héroes de nuestra historia sobreviven a la bipolaridad de mandar a las mismas fuerzas de seguridad que vilipendian y flirtear con la violencia adormeciendo nuestras conciencias. Tienden a olvidar que solo podemos ser condescendientes con la violencia en tanto que no la padezcamos y que frente al verdugo todos somos víctimas. Sabemos, por experiencia reciente, adónde conduce inevitablemente la banalización de la violencia. O deberíamos saberlo. Esa misma violencia ha agostado definitivamente idealizados oasis políticos y ha dañado irremisiblemente la vida colectiva en numerosos lugares de España. Quien crea que puede dominar a la bestia se equivoca. Pero, peor que el error de la equivocación es el crimen de la banalización porque es esta la que deteriora nuestro paisaje social y nuestra convivencia. Cuando un partido político con representación parlamentaria no puede celebrar un acto de campaña por temor a las agresiones o cuando se ejercita a modo de divertimento la “gimnasia revolucionaria” en las noches de finales de invierno, se debilita la fe en la democracia y se deteriora la calidad de nuestra democracia.

Bien sé, en fin, que para algunos esta violencia es diversión, entretenimiento en tanto llega el levantamiento de todas las restricciones impuestas por la lucha contra la pandemia que nos asola. Pero me resisto a aceptar que don Pío Baroja tuviera razón cuando proclamó que “lo importante es pasar el rato”. Confío en que siga habiendo una mayoría que comparta valores distintos del —y aun opuestos al— hedonismo bullanguero.º