Dra. Elsa Martí Barceló

El mayor tesoro emocionalComparto con vosotros un recuerdo duradero sobre el costumbrismo familiar…

Duradero por evocar la esencia de lo que para mí ha sido y es un privilegio. Lo que la TV me hizo llegar a través de “La gran familia”, producción de los años 60, con intención de recordar y concienciar lo que, en definitiva, es el pilar de la sociedad.

La que todavía hoy, a pesar de verla mil veces, despierta en mí sentimientos de afecto y gratitud por exaltar lo que hoy quiero poner en valor en mi escrito, la relevancia del primer contexto de socialización del individuo. El espacio donde se forja la identidad personal junto a los valores que rigen lo que considero son constructivos comportamientos para la persona.

Un valor fundamental para el desarrollo emocional-social de la persona a conservar y preservar, posicionar al alza, para vivir de forma más plena. Con el propósito de crear un entorno significativo de alta intensidad emocional, mediatizado por valores que acrecienten la autoestima y consoliden la unidad familiar. Valores como el diálogo, la confianza, el respeto o el perdón.

Un ámbito donde las enseñanzas y los sacrificios de los padres despierten a la realidad de lo esencial: la solidaridad intergeneracional y la resiliencia comunitaria frente a la adversidad. Lo que Dumas en los Tres Mosqueteros reconoce sirve de ayuda para superar conflictos, problemas difíciles de sobrellevar o manejar “…Todos para uno y uno para todos…”.

Un entorno donde la cooperación extrema y responsabilidad compartida les haga a todos ganar, sentir que importan. Donde los hijos sientan que son valorados, mirados y escuchados y los padres validados en su rol esencial, ser progenitores de algo muy especial: sus hijos. En palabras del P. Jorge Loring lo que representa “…Su alegría y ternura por ser los perpetuadores de su nombre, el estímulo de sus trabajos, el consuelo de sus sufrimientos, y la esperanza de su vejez…”.

La familia debe ser un bien social por excelencia a proteger por su papel estelar en la evolución del ser humano. Por la función fundamental de crear entornos seguros de apego, hábitats donde a través del amor, afectos y aceptación se consolide lo que tan importante es para el progreso de la persona, el sentimiento de competencia para avanzar y evolucionar. Lo que fortalece la voluntad para respetar, tolerar y aceptar la diversidad y singularidad; lo que diferencia del otro, sin renunciar a la propia identidad o propios valores.

La familia es el antídoto para luchar contra los traumas psicológicos que provocan la ausencia de cariño y calor de un hogar. El antídoto porque en ella se enseña lo que en verdad es bueno para evitar el peligro o lo inconveniente: la generosidad, justicia y el sacrificio.

Si, “…el futuro de la humanidad se fragua en la familia, si es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar los valores y exigencias de la familia” (San Juan Pablo II), si “… una de las alegrías de la vida es tener una familia unida” (Dr. Enrique Rojas), si tan importante y necesario es tener una familia, por favor, no permitamos que este valor entre en crisis.

Apelemos con convicción a nuestra motivación; hagamos un llamado profundo a lo que impulsa nuestra voluntad para actuar en su defensa bajo el mandato de que “Obras son amores y no buenas razones”, un refrán popular que explica lo que es una adecuada forma de amar, lo que constituye es el mayor tesoro emocional, la familia. La figura donde se idea y construye la normativa, principios morales, sociales y religiosos para ser personas de bien.

El escenario donde se cultiva e interioriza el lenguaje del ser frente al tener, aceptar a los miembros que forman parte de ella por lo que son y no por lo que tienen, prestigio, poder o dinero.