Indro Montanelli, legendario periodista, prolífico escritor y ameno historiador del mundo clásico, aconsejaba a sus compatriotas a compaginar el apoyo electoral a la democracia cristiana con la observancia de unas normas mínimas de higiene y decoro: les invitaba a depositar en la urna la papeleta del partido de Giulio Andreotti tapándose la nariz. Apelaba así a la resignación para evitar un mal mayor, como era la llegada al poder del PCI, el mayor partido comunista de la Europa occidental.
Los ecos de las palabras pronunciadas en su día por el florentino resuenan en las voces de no pocos comentaristas patrios de la actualidad, quienes, sin la finura toscana, nos advierten de los riesgos que entraña reclamar responsabilidades por la degradación de la vida pública. La erosión de las instituciones y de los contrapoderes son peccata minuta frente al abismo que se abrirá ante nosotros si tiene lugar la alternancia. Como buenos (¿demócratas?) cristianos, se muestran dispuestos al perdón siempre y cuando las ovejas descarriadas vuelvan al rebaño manifestando contrición de los pecados y el consiguiente propósito de la enmienda. En su defecto, aceptan que se comience —después de un breve precalentamiento de apenas siete años— a diseñar y aplicar políticas verdaderamente de izquierdas, signifique esto lo que quiera que signifique. Repare el lector que la maniobra es impecable: gobernamos en términos crematísticos pero votamos en términos ideológicos. Esto permite, bien diferenciar la corrupción según de dónde proceda, bien confundirla y siendo toda ella igual, mejor que la practiquen los nuestros, que hay confianza.
Lo curioso, con todo, es que el homenaje brindado por nuestros todólogos de guardia a Indro Montanelli ha coincidido en el tiempo con el que se está realizando desde el poder al poeta Bertolt Brecht. El escritor suabo, comunista no afiliado, se permitió la ironía de escribir un poema titulado La solución, de rabiosa actualidad en tiempos populistas: “Tras la sublevación del 17 de junio [de 1953; se refiere al levantamiento contra la dictadura comunista] la secretaría de la Unión de Escritores hizo repartir folletos en el Stalinallee indicando que el pueblo había perdido la confianza del gobierno y podía ganarla de nuevo solamente con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple en ese caso para el gobierno disolver el pueblo y elegir otro?”.
El problema se repite, lo que demuestra que los pueblos son poco dignos de confianza. De modo que ante los últimos y simpáticos episodios de la crisis institucional no se plantea apelar a su dictamen para componer una nueva mayoría que permita gobernar y no solo ostentar el poder. Algo que sorprende tanto más cuanto que las rigurosas encuestas elaboradas por el Centro de Investigaciones Sociológicas demuestran que el apoyo electoral a los partidos del Gobierno se incrementa cada día en progresión geométrica.
Se descarta, por supuesto, la composición de una mayoría que tenga el respaldo del Parlamento, porque tratar de lograrlo sería lo mismo que presentar un proyecto de ley de presupuestos: una pérdida de tiempo. Vivimos así en la campaña electoral permanente, donde se extreman las discrepancias para marcar un espacio propio y se eluden los consensos y los encuentros. Lamentablemente, las campañas electorales son muy caras y la ruptura de los consensos en todos los ámbitos de la vida pública quiebra la convivencia y deteriora irremisiblemente las instituciones.
Recuerde, amigo lector, que el bueno de Indro Montanelli acabó trabajando para Silvio Berlusconi, de quien, inopinadamente, abominó. No eche en saco rato, amado Gobierno, que el pueblo prusiano cuando pudo, votó con los pies y huyó del paraíso socialista con alambradas en el que lo habían encerrado. Las personas con espíritu crítico mueren con él y los pueblos con espíritu cívico tratan de ahorrarse —cuando menos— la mezquindad.

