“Ved, que todo es infancia” la frase del poeta Claudio Rodríguez que tanto gustaba comentar a mi querido amigo el Dr. Vicente López-Ibor Camos se hizo presente de nuevo una vez más …
Se hizo presente cuando invitada por los nietos de mi hermana acudí al Retamar con motivo de la fiesta final de curso que realiza todos los años este colegio. Esta institución promovida en los años 60 por un grupo de padres con el deseo de tener para sus hijos “una educación humana de calidad, con una orientación cristiana y un profundo respeto a la libertad de cada persona”.
Una ceremonia solemne donde alumnos, profesores y antiguos alumnos, promociones de los 25 y 50 años de salida del colegio, desfilaron uno tras otro en dirección al Centro del Campus al son de un sentimiento muy especial: la satisfacción, orgullo de pertenencia a la institución que ha marcado su etapa escolar de formación.
Una vivencia cautivadora donde asistentes, familiares y amigos, fuimos partícipes de la sensación de gratitud, agradecimiento y cariño de estos jóvenes a la labor bien hecha. De la sensibilidad manifiesta al ejemplar esfuerzo de unos profesores entregados al amor de una vocación, con dedicación completa y apasionada al propósito de contribuir a formar personas de bien.
Un acto emotivo definido por el sentimiento bidireccional “in crescendo” de entusiasmo tras comprobar la reacción emocional de felicidad, bienestar y alegría manifiesta en los rostros sonrientes de los que allí estaban dándolo todo.
Jóvenes motivados en dar reconocimiento a los que con ejemplo, tenacidad y perseverancia complementaron la educación familiar, su desarrollo integral en cuanto a lo que conlleva ser niño y hacerse mayor, ayudándoles a construir su identidad, preparándoles para la vida adulta mediante el autoconocimiento, capacidad de reconocer la influencia del pensamiento en la forma de sentir y actuar, en la formación y manifestación a través de la reflexión e introspección de sus fortalezas y debilidades.
Una ceremonia digna de traer a colación por exaltar lo que yo llamo un corporativismo bien entendido, capaz de promover y divulgar los valores capaces de configurar grandes personas.
Jóvenes alineados con la alegría de estar conectados, identificados y aceptados dentro de un grupo. Con el significado de lo que es y conlleva el afecto puro y desinteresado. El que nace y crece con el trato, el que se fortalece con el roce y compañerismo, con el respeto a los profesores, con la solidaridad a una cultura educativa basada en la confianza y el apoyo mutuo.
Valores todos ellos imprescindibles de cultivar para guiar actuaciones de vida futuras, elecciones y decisiones en lo personal y profesional de las que uno se sienta orgulloso y satisfecho por estar confeccionadas al amparo de un significativo recuerdo, lo que han vivido, aprendido y experimentado de pequeños, resultado de conductas aprendidas positivas consecuencia directa de un colegio que les ha dejado huella.
Una ceremonia impactante por despertar sentimientos profundos en participantes y observadores en muchos momentos. Vivencias cortas, conmovedoras y memorables por el significado de su mensaje como las protagonizadas cuando al son del himno nacional irrumpió en el campus la bandera de España o cuando tras ella, entre aplausos de familiares y amigos, ideales y aspiraciones de los más jóvenes caminaban con paso firme fomentando la unidad, impulsando e incentivando el Paradigma del Nosotros para construir un futuro prometedor o cuando los veteranos entre exclamaciones de ¡Viva el Retamar! se emocionaban al ver izar la bandera del Colegio bajo el cual se formaron y educaron, el que sin duda ha satisfecho los sueños y ambiciones de entonces.
Ser cómplices de esta mirada orgullosa es lo que me ha llevado a escribir sobre ello. Manifestar públicamente mi reconocimiento personal a los colegios y profesores, complemento de la educación familiar con orientación cristiana. Los que promueven el progreso sin olvidar la fe, lo que existe aun cuando no se pueda ver.

