Amigos de colegio y universidad, amigos de siempre y para siempre.
Aunque hacía tiempo que no nos veíamos allí estábamos todos, con más años, pero cómo si fuera ayer, unidos por la fuerza de un vínculo especial, aquel que se consolida tras vivir una amistad sana y autentica por su complicidad e incondicionalidad. Dos valores estos últimos necesarios para que las personas se impliquen, se entiendan, se complementen, tengan una relación profunda y sincera sin condicionantes, pretextos o justificaciones.
Relaciones mágicas, por su aire casual e independiente, en donde los afectos se mantienen íntegros y se magnifican por estar basados en la confianza de que lo que uno siente por otro no cambia a pesar de la distancia o el tiempo trascurrido sin verse.
La vida universitaria es una de las etapas más recordadas por todos…Pensar en ella resulta reconfortante por entremezclar dos palabras de importante significado para el bienestar emocional de las personas, vocación y amistad. El compromiso con la llamada interior para dedicarnos a una determinada forma de vida y las relaciones de afecto con personas que no son familia y que van a hacer de nuestra juventud la mejor de las juventudes.
Una etapa de nuestra vida difícil de olvidar por sus recuerdos, vivencias pasadas que alberga la mente para bien y que hoy, por su carácter valioso en el pasado, se imponen, cobran fuerza en el presente para hacernos sentir bien. Y, por supuesto, por las personas que formaron parte de ella, porque junto a ellas experimentamos esos hechos que hoy, al recordarlos, nos sacan la mejor de nuestras sonrisas y nos hacen entender como el afecto personal auténtico y desinteresado nace y se fortalece con el buen trato.
Personas especiales porque fueron elegidos para ser parte de nuestra biografía con plena conciencia. Junto a ellos crecimos y maduramos, forjamos nuestra vocación e identidad, lo que hoy somos.
Amigos inolvidables por ser cómplices de nuestros sueños y necesidades del momento; por ser testigo de nuestras primeras experiencias en cuanto afectos, compañerismo, esfuerzo y competitividad, por ser afines a nuestros ideales, gustos y preferencias; por ser la mejor compañía para compartir nuestras aficiones y sin duda, por ser el mejor apoyo cuando nos sentíamos acechados por el miedo, las inseguridades o el desengaño tan característico de estos años.
En definitiva, personas de bien, por estar enfocadas a convertir la amistad en un valor perdurable, fruto de un sentimiento especial, el cariño que resulta de compartir lo que entonces pensábamos y sentíamos, ilusiones vocacionales y expectativas de vida. El sentimiento en mi caso que hoy se retroalimenta al revivir experiencias trascendentales como el viaje del paso del ecuador, las fiestas, tardes de estudio o las comidas gratificantes en épocas de prácticas.
Los amigos de juventud y universidad son y serán significativos por ser los compañeros de viaje que uno elige para batallar en una etapa donde todo resulta difícil por ser nuevo y desconocido. Personas que te seducen porque tienen los mismos sueños que tú, porque se apasionan con lo que a ti te apasiona, porque para ellos no existen obstáculos ni dificultades a la hora de materializar sus empeños. Porque a pesar de estar en una etapa dura y exigente donde el futuro profesional está en juego saben reír y divertirse sin perder la capacidad de esforzarse llegado el momento.
Dicen que “es de bien nacido ser agradecido”. Es por ello por lo que hoy soy leal y agradezco a la universidad lo que entonces me dio: formación para ser un profesional de provecho, así como la oportunidad de conocer grandes amigos protagonistas de interesantes y curiosas historias. Grandes por serlo y buscar no parecerlo, y porque junto a ellos me esforcé, me divertí, crecí y maduré…Como dijo William Shakespeare “especiales porque conocen como eres, entienden dónde has estado , aceptan en lo que te has convertido, y todavía, gentilmente te permiten crecer”.


