“
No hay una segunda oportunidad para causar una primera impresión…” Lamentablemente cuántas veces se cumplen las palabras de Oscar Wilde…
Está más que demostrado la influencia que ejercen las primeras impresiones sobre los comportamientos y actitudes humanas. El poder que se otorga a la radiografía que hacemos de una persona en los primeros momentos de conocerla, la idea que en nuestra mente somos capaz de crear muchas veces equivoca sobre su personalidad, forma de ser y, que tan importante, resulta ser en cuanto a condicionar la relación posterior con ella. Cuando digo equivoca, me refiero a desaconsejable, poco conveniente por la precipitación, confundir en cuanto a tomar algo por cierto o adecuado cuando no lo es por escasez de tiempo.
Está más que estudiado cómo la primera impresión sigue siendo lo que más cuenta a la hora de establecer vínculos, elegir con quien deseamos estar cuando personas nuevas y desconocidas entran en el escenario de nuestra vida. Al igual que está reconocido lo necesario, vital e importante que es para el equilibrio emocional de los seres humanos capacitarse en la renuncia consciente y activa de etiquetar, reconocer a las personas mediante una mirada fugaz rápida. Una forma de ver proclive a la manipulación, engaño o confusión.
Aunque la primera impresión es lo que cuenta para seguir adelante en el conocimiento del otro, el sentido común demuestra que no es lo aconsejable. No es aconsejable por lógica, por ser materialmente imposible conocer a una persona en menos de 5 minutos, tiempo empleado por la mente humana para hacerse una idea de cómo es alguien según los expertos.
Tiempo sin duda insuficiente para conocer, juzgar, cuestionar, enjuiciar, encasillar a una persona. Para asignar una identidad mediante un juicio rápido, bajo una percepción inconsciente e involuntaria que puede llevar a equívocos.
Defender segundas oportunidades en cuanto a conocer más a una persona es lo que nos hace inteligentes a nivel social. Inteligentes por entender la obligatoriedad de un hecho importante para interactuar de forma satisfactoria con los demás, la necesidad de suministrar tiempo a la mente racional para contrastar, comprobar o completar el retrato que hacemos de las personas con intención de determinar si la autoconvencimiento de los primeros momentos es o no cierto.
No siempre somos conscientes de cómo las primeras impresiones marcan expectativas equivocadas en cuanto a gustos y prejuicios De lo que nos perdemos por hacer caso a esas primeras percepciones. A lo que, en base a nuestra memoria emocional, recuerdos y vivencias dejamos escapar, oportunidades perdidas de tener un buen amigo, un buen trabajo o una buena pareja.
Contrastar una primera información con otra posterior adicional es lo que da vida a segundas oportunidades. Está claro como todos de forma inconsciente en el inicio de las relaciones tratamos de seducir mostrando lo mejor de nosotros, aparentando muchas veces lo que no somos. De ahí la necesidad de mantener en cuarentena las primeras impresiones, esas ideas de las que tanto hablaba Descartes, esas percepciones fuente de engaño por la premura, por falta de paciencia para guiar la razón desde la información e investigación.
Las primeras impresiones abren el mundo de la interacción, pero no el mundo de la comprensión, hacer propio lo que se entiende y actuar en consecuencia, razonando desde la información fiable y contrastada.
La vida como diría Ortega y Gasset es una suma de perspectivas. Hacer un buen uso de estas perspectivas es lo que nos capacita para cambiar o no de opinión, decidir qué queremos ver o no ver en estas primeras impresiones. Ya que son nuestras propias expectativas las que nos alejan de la realidad de ver cómo es una persona.
Mi consejo es hacer del tiempo nuestro aliado. Aliado para ver a las personas como son y no por lo que parecen…

