Las vacaciones me ayudan a desconectar de la rutina diaria y me permiten disfrutar de esas pequeñas cosas que tanto todos buscamos, deseamos y anhelamos. Disponer de tiempo, de un tiempo no reglado, lejos de la disciplina horaria para realizar aquello que de forma voluntaria elegimos porque nos gusta y nos hace sentir más próximos a un estado de felicidad.
Las vacaciones son tiempo de ocio, descanso y desocupación, y es por ello un periodo en el que muchos, yo al menos, retrocedo en el tiempo evocando tiempos pasados. Abrir mi mente y orientar mis pensamientos al recuerdo me resulta un ejercicio conveniente y aconsejable.
El cerebro es el hábitat de la memoria, el lugar donde se almacena, procesa e inmortaliza todas nuestras vivencias y experiencias significativas, tanto las positivas como las negativas. Y estas, que pueden haber ocurrido en nuestra más remota infancia, se nos presentan en los llamados recuerdos de forma voluntaria, o no, en el presente.
La forma de percibir, sentir e interpretar las experiencias vividas llamadas recuerdos condiciona sin duda la identidad, el carácter de las personas, los rasgos que la definen así como su estado emocional.
Imágenes de hechos o situaciones pasadas, momentos extraordinarios, fechas inolvidables por el sentido vital que representan para cada uno de nosotros se adueñan de la conciencia, comprometiendo acciones y decisiones en función del bienestar o malestar que provocan. Vivencias de amor y amistad, compromiso y lealtad, inseguridad e incertidumbre, traición y envidia, reproche y culpa permanecen inalterables en la memoria por la carga emocional que las acompaña.
Las emociones determinan la forma de elaborar y almacenar nuestros recuerdos. Tendemos a evocar u olvidar en función de cómo nos haga sentir el análisis y juicio que realizamos a posteriori sobre las experiencias vividas. La tristeza, la alegría, el miedo, la ira o la vergüenza condicionan la forma de percibir, pensar y actuar pero también de recordar.
Como dijo Gabriel García Márquez: “Recordar es fácil para quien tiene memoria, olvidar es difícil para quien tiene corazón”.
Recordar mantiene y aviva la memoria activa, reafirma quiénes somos y qué hacemos para cubrir las necesidades de amor, seguridad, pertenencia y autorrealización en cada etapa de nuestra vida. Escenas en blanco y negro de nuestra más tierna infancia y juventud, así como de color en la vida adulta dan vida a momentos, instantes inolvidables en cuanto a logros en el amor, la amistad, la salud o el trabajo.
Recordar es en ocasiones el refugio al que acudimos para paliar la tristeza o soledad por la pérdida o ausencia de lo que un día tuvimos y hoy no tenemos. A través del recuerdo el vínculo con nuestros seres queridos cobra vida y se inmortaliza.
Recordar es fuente de información y motivación para evitar el error o la equivocación en nuestras actuaciones presentes y futuras, nos ayuda a mejorar nuestras capacidades, habilidades, destrezas y voluntades. Aferrarnos a buenos recuerdos, evocar personas entrañables, profundas y afectuosas, lugares especiales por su singularidad y particularidad o situaciones inolvidables es lo que ayuda a mantener una actitud positiva y resiliente en situaciones donde todo resulta imposible.
Recordar es lo que permite a las personas reconciliarse con su pasado, prestar atención al presente y planificar el futuro. Las experiencias vividas se alzan en el horizonte como fuente de sabiduría y aprendizaje para hacer más llevadero lo que duele y nos hace daño, lo que nos gustaría olvidar y no siempre es posible por formar parte de nuestro ser y naturaleza humana.
Los recuerdos son lo que hacen únicas y singulares las biografías humanas. Ser fiel a los recuerdos concede valor, grandeza y honor a las personas al enaltecer sus cualidades, méritos y valores.
Oscar Wilde:“Los recuerdos son el diario con el que todos cargamos”…
¡Escribir en él de forma constructiva solo depende de ti! Dra.Martí


