DRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ
Diversos estudios revelan las consecuencias que se están produciendo tras casi dos años de COVID. Ponen de manifiesto las secuelas que ha originado el adoptar medidas como el aislamiento, la cuarentena o el distanciamiento social sobre la salud mental de las personas en esta pandemia. En principio, medidas urgentes y necesarias para evitar el contagio, pero que por su duración en el tiempo han golpeado de forma brusca la libertad, rutina e intimidad de las personas, obligándolas a cambiar de hábitos y costumbres. Medidas adoptadas para salvar vidas que hoy son causa de muchos trastornos mentales.
Estadísticamente está demostrado que la COVID ha sido un acelerador para el surgimiento de patologías mentales como la depresión, ansiedad o los trastornos del sueño. Está comprobado cómo ha perturbado y desestructurado la mente emocional en las personas para sucumbir y rendirse ante el sufrimiento, la desesperanza e incertidumbre de futuro. De cómo ha influido alarmantemente en personas con pensamiento de quitarse la vida, socavando su deseo de vivir e induciéndoles a pensar que no merece la pena vivir en un mundo de perdidas, donde el duelo, la enfermedad, la violencia, las pérdidas económicas y el desempleo se hace cada vez más presente.
Participar de nuevo en una edición de la Semana Internacional de la Mujer Madrid Woman´s Week me da la oportunidad de hablar de lo que yo llamo la otra pandemia: el suicidio, la pandemia que avanza sigilosamente de forma global, alarmante y peligrosamente.
Un importante problema de salud pública por ser primera causa de muerte no natural en España, por provocar efectos duraderos de frustración, culpa o soledad en familiares y amigos. Una cuestión necesaria de prevenir y combatir haciéndolo visible, hablando de él por ocasionar en el mundo una de cada 100 muertes, según la OMS. Un problema al que dar solución por hacer vulnerables a jóvenes, adolescentes y mayores.
Una patología en la que el “modus operandi” es diferente, según seas hombre o mujer “Los hombres se suicidan tres veces más que las mujeres y ellas lo intentan tres veces más que ellos” (Observatorio del Suicidio en España).
Un fracaso del que hay que hablar, en el que hay que ahondar, porque solo el hacerlo visible es lo que hace que las personas entiendan que siempre existe salida para una situación por difícil y complicada que sea.
Una preocupación de salud pública en la que médicos de familia tenemos un papel protagonista por ser uno de los primeros al que acude el paciente cuando la situación le asola, sobrepasa o desespera. Prestar atención, poner empeño y esfuerzo en detectar los factores de riesgo que les hace vulnerables, factores como el dolor psicológico, el miedo, la soledad, la desesperanza, la falta de cohesión social, debe ser nuestra meta y compromiso para evitar el << Yo no quiero vivir>>.
Debemos trabajar en divulgar la importancia que tiene un buen apoyo familiar y social cuando se viven situaciones muy dolorosas que pueden incluso devenir en traumáticas.
Debemos destacar lo necesario que es para las personas capacitarse en habilidades cognitivas y emocionales que permitan procesar la información, percibirla e interpretarla de forma objetiva, para así actuar de forma efectiva y saludable, con actitud sana y positiva.
De la conveniencia de adquirir habilidades sociales que ayuden a interactuar con el entorno, tener personas con quien compartir lo que pensamos, sentimos o nos sucede, que colaboren en acrecentar la confianza en un mismo y mejorar el autoconcepto y la autoestima. De lo imprescindible que es fomentar una educación en la que pedir ayuda ante las dificultades que surjan sea signo de inteligencia y no debilidad. De lo imprescindible que es trabajar la fortaleza mental que permita superar los obstáculos, por dolorosos que estos sean, que el devenir de la vida nos pone en el camino. No obviándolos sino enfrentándolos.

