DRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ
La generosidad es la virtud por la que el ser humano sobrevive en una sociedad, la actual, proclive al egoísmo, amenazada por la inexistencia de valores.
Una virtud beneficiosa, en su justa medida, si en función de ella las personas se sensibilizan con las necesidades del entorno, y no tan beneficiosa, si llevada a grado máximo, conduce en los que la practican un sentimiento de insatisfacción, enfado, aislamiento o soledad.
Nuestros educadores, con la mejor intención, nos adoctrinaron en la cultura de <<dar sin excusas >> sin tener en cuenta la principal motivación que incita a ello, la ilusión de <<recibir>>. Confiaban que si así lo hacían creceríamos de cara al futuro con el calificativo de” buenas personas”.
Quiero hoy completar la educación recibida, poniendo de manifiesto la importancia que tiene para la sociedad actual fomentar una filosofía de vida en la que <<dar vaya unido a recibir, y recibir esté libre de sentimiento de culpa>>. La necesidad de llevar a la práctica esa generosidad buena, que no obliga, ni exige, en la que uno da porque siempre recibe, con objeto de no desgastar emocionalmente o desmotivar nuestro “Yo” para establecer una aceptable, sana convivencia al conquistar el mundo de los afectos.
Sería engañarnos pensar que detrás de un acto generoso no existe intención alguna. Consciente o inconscientemente siempre existe un propósito o una finalidad. Y justamente es el carácter de está lo que marca los límites entre la mala y buena generosidad.
La generosidad buena busca un equilibrio para que todos cooperen y se ayuden, se sientan felices y satisfechos; busca protección del ser, renunciando a vivir bajo el mandato de << dar sin límites>> para ser más valorado, menos rechazado; autoriza al “Yo” para ser desobediente a esa voz interior llamada conciencia que guía hacia un conocimiento irresponsable y adoctrina en el pensamiento de que dar prioridad a nuestras necesidades e intereses es no hacer el bien, sino que es un acto egoísta. La generosidad mala, por el contrario, es la que busca validación, reconocimiento o estima del ser, escondiéndose bajo actitudes indignas. La que encumbra, la que hace sentirse superior a los demás y aprovecharse de estos, ya que ellos son imprescindibles para su bienestar emocional.
La generosidad es buena, si no crea dependencia emocional, disgusto, dolor o resentimiento porque siempre va acompañada de sentimientos sanos como la gratitud. Es buena, si nos aleja de comportamientos insanos como la manipulación, el chantaje o el victimismo, si no provoca que nos sintamos culpables o egoístas por dar prioridad a nuestras necesidades y, por supuesto, si no es invasiva, si no incomoda por estar cimentada en el principio de que uno <<da lo que tiene y puede>> sin sentir cargo de conciencia por no corresponder al nivel que recibe.
La generosidad es buena si nos lleva a <<dar y recibir sin nosotros pedirlo >>, si nos hace significativos para los demás al poner de manifiesto nuestro esfuerzo y entrega, el dominio de nuestra actitud y comportamientos al entender que la generosidad no empieza por los demás sino por uno mismo, que cuanto más generosos seamos con nosotros mismos, más lo seremos con los demás.
Motivar a otros a ser generosos con nuestro ejemplo debe ser uno de nuestros propósitos de vida. La generosidad acrecienta las relaciones sociales en cantidad y calidad. Ser generosos nos hace amables y respetuosos, atentos y responsables. La generosidad conlleva felicidad porque hace que los vínculos crezcan y se desarrollen de forma más autentica y satisfactoria, con desapego a lo material y con apego a lo verdaderamente importante, al valor del amor, amistad y gratitud.
La generosidad se debe educar porque como dijo Aristóteles es: “la virtud más estimada de los seres humanos”, engrandece el ser y el hacer, “cuanto más eres, más haces y más tienes”.

