salud-vivir-tiempoDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

El otoño sigilosamente se acerca al vislumbrar el mes de septiembre.

Gestionar de forma eficaz y efectiva el tiempo del que uno dispone es un objetivo que todos deberíamos marcarnos si queremos conseguir satisfacer nuestras necesidades y hacerlo de manera que nuestro termómetro del estrés refleje temperaturas bajas.

Administrar el tiempo con firmeza, ordenada y disciplinadamente nos permite, sin menoscabo de nuestra salud, crecer y avanzar, ser constantes para cumplir con las actividades que de forma regular e inevitable cada día se producen y también afrontar aquellas que, de forma abrupta, como si de un volcán en erupción se tratase, entran en nuestro quehacer cotidiano.

Organizar nuestro tiempo es la clave para solventar las dificultades u obstáculos que surgen en el camino a la meta, aquello con lo que soñamos, deseamos o estamos obligados, y lo que sin duda permite alcanzar los fines establecidos obteniendo los mejores resultados posibles. Ser eficiente y eficaz para cumplir con las tareas a la perfección y que se produzca el efecto deseado.

Optimizar el tiempo es formular estrategias que ayuden acrecentar la autoestima, autoeficacia y autoconfianza. El conocimiento que la persona tiene acerca de sus capacidades y confianza para alcanzar o enfrentar una meta, para hacer las cosas mejor y más rápido, sin estrés, y obtener un mayor rendimiento.

Gestionar de forma racional el tiempo es la forma de ordenar un Yo insatisfecho para que alcance su máximo potencial, se motive en cumplir con los objetivos marcados superando expectativas porque se siente realizado y satisfecho a costa de hacer un buen uso de su tiempo.

Personalmente, escuchar comentarios de otros sobre lo activa que soy, la capacidad que poseo de hacer tantas cosas al cabo del día es motivo de halago y satisfacción. Sus palabras de reconocimiento y estima son fuente de motivación para seguir haciendo e insistir en aquello en lo que me entreno a diario, porque entiendo que lo estoy haciendo de forma adecuada y correcta, aprovechar el tiempo.

Entender que el día solo tiene 24 horas para hacer lo que por deseo u obligación tengo que hacer y que no puedo malgastarlo fue la lección que aprendí de pequeña; aquella que hoy se afianza en mí bajo el manto de la reflexión, cuando analizo de forma racional lo que me incita e induce a trabajar en ello, el beneficio que obtengo. En mi caso vestir de templanza ese Yo exigente e insatisfecho al que antes hice referencia, el que quiere más en todos los ámbitos: familiar, social o profesional, porque nunca se cansa.

Un objetivo que como bien hemos dicho antes requiere de estrategia, acciones meditadas que favorezcan mantener a raya el Yo impulsivo, incapaz de resistir la tentación de aplazar la recompensa inmediata y de esperar una recompensa posterior, beneficiosa y más rentable en un futuro. Inhábil, para controlar el deseo de hacer varias actividades a la vez en el menor tiempo posible y atenderlas como se merecen. Incompetente, por su renuncia a hacer y así evitar el fracaso, por miedo a decir no y que lo descalifiquen, por la falta de decisión para pensar en aquello que le distrae o le hace perder el tiempo en aquello que quiere lograr. Ignorante, para diferenciar lo qué debe priorizar, llevar a cabo de forma inmediata, o puede esperar.

Medidas que estimulen el Yo racional y sensato, conocedor de que lo que libera de estrés y hace disfrutar de una vida más sosegada es planificar con antelación, confeccionar y diseñar una hoja de ruta donde se establezca límites de tiempo para finalizar las tareas previstas, eliminando las distracciones y los momentos improductivos y diferenciando lo urgente de lo importante.

Descubrir que el tiempo es finito y medible es lo que hace entender a las personas lo significativo que es administrarlo mejor. Madrugar y ponerse a ello todas las mañanas.