Terminé de leer «Patria» el día anterior al aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco. El recuerdo de aquella infausta fecha, de aquel terrible asesinato, unido al despliegue mediático, me causó un estado de ánimo que no me empujaba a escribir sobre la novela de Fernando Aramburu, «Patria», que me parece una auténtica obra maestra, como les anuncié entonces sin entrar naturalmente en el fondo de la novela.

Es la historia novelada de dos familias y la relación entre ellas que viven en un pequeño pueblo del País Vasco durante los años más duros del terrorismo etarra, y que ven inmersos en la tragedia que supusieron aquellos años de violencia injustificable que causaron, además de cientos de muertos una división entre las familias, los grupos de amigos, los convecinos, hasta llevarles a sumergirse cada uno en su pozo, cada vez más profundo, privados hasta de los saludos de «buenos días» entre gente que paseaba, jugaba a las cartas o tomaba el aperitivo o unas copas en el bar del pueblo gastando bromas.

Las dos familias son muy parecidas, amigos desde siempre y compañeros de tiempo libre ellos, los hijos juegan juntos y las madres, ejemplo de matriarcado, pasean o van a la compra haciéndose compañía.

Uno de los padres tiene una pequeña empresa de transportes y el otro trabaja en una fundición. La relación empieza a deteriorarse cuando el pequeño empresario es requerido por ETA para pagar el Impuesto Revolucionario y su casa, su pequeño almacén de camiones y las calles del pueblo se llenan de pintadas en las paredes con insultos llamándole traidor y explotador de los trabajadores.

No puede pagar la siguiente petición de ETA, desmesurada para su pequeña empresa. Sus hijos, ya con los estudios terminados, deciden irse del pueblo y le insisten para que traslade su empresa a San Sebastián o a Zaragoza, e incluso accede a comprar un piso en la capital, pero antes de tomar la decisión definitiva un día a la vuelta a su casa le asesinan a tiros.

La familia decide enterrarle fuera para evitar la profanación de su tumba y su viuda deja la casa del pueblo y se traslada al piso que acaban de comprar.

La evolución de la otra familia, sumergida en un pozo contiguo es distinta y contraria.

La madre ejerce su autoridad prohibiendo a su marido que se acerque a su amigo, «que es un traidor», cosa que el hombre no hace si existe algún riesgo de que le vean. Uno de sus hijos, revoltoso e indisciplinado desde pequeño, se ha unido a ETA y ha huido a Francia y cuando vuelve permanece oculto. Otro de sus hijos, estudioso y pacífico, es periodista y locutor de radio en eusquera, y su hija, casada con un «extranjero» castellano y con dos hijos sufre un ictus que la ata a una silla de ruedas y no la permite hablar, aunque consigue comunicarse a través del IPad.

La vida de las dos familias protagonistas va evolucionando lentamente a medida que transcurren los años. El etarra es detenido, juzgado y condenado a más de cien años de cárcel; la eternidad para su madre, que tiene que desplazarse para entrevistarse con él hasta el Puerto de Santa María.

Y la otra antigua amiga, la viuda, decide volver a su casa en el pueblo, a escondidas algunos días y poco a poco enfrentándose con las malas miradas de sus antiguos vecinos y amigos.

Es una espléndida novela, una tragedia que hemos vivido a lo largo de muchos años y que aunque tuviera su epicentro en Euskadi, nos ha afectado a todos.

Léanla despacio, si aún no lo han hecho, y sigan la evolución del etarra preso, hasta llegar a preguntarse con él: Y todo esto, ¿para qué?