Como todos los años, en la primera quincena de septiembre paso unos días en la costa de Granada, en La Herradura. Por cierto, que ha cambiado la señalización de las autovías, y al llegar a Bailén me he encontrado en una autovía doble, señalizada como Sierra Nevada y Costa Tropical, que al llegar a Granada se divide según el destino. Y escribiendo sobre señalización vial desde este periódico, una de cuyas obligaciones consiste en defender su nombre y ser LA VOZ DE LA A6, invito a todos los usuarios de esta Autopista a regresar desde el Sur e intentar utilizar la M-50 hasta aquí. Un día de tráfico intenso y al atardecer. Cuando consigan descifrar las señales, les aseguro que se darán cuenta de que han terminado en Getafe. Pero, como de costumbre, me he desviado.

Yo quería escribir sobre lo que he estado leyendo estos días de vacaciones junto al mar. Novelas, naturalmente, y no trágicas, que ya he tenido bastante en agosto con «Patria». Tampoco novelas nórdicas, tan de moda, con niños desamparados y un asesino en serie que se desarrollan en un pueblo de unos pocos habitantes que, si te pones a estudiarlos, son todos de una o de dos familias.

Y cayó en mis manos, entre mis libros más antiguos, la serie de Alejandro Dumas »Los tres Mosqueteros». Me acordaba perfectamente de la primera, y comencé a releer la segunda «Veinte años después», y cuando terminé esta, «El vizconde de Bragelonne». Se desarrollan durante la regencia de Ana de Austria y la infancia del heredero, sometidos a la tiranía del cardenal Mazarino, y a la muerte de este, el reinado desde su comienzo de Luis XIV.

Todos Uds. conocerán, sin duda, «Los Tres Mosqueteros», la novela o alguna de las películas que la han desarrollado. Es una maravillosa novela de aventuras, asentada sobre datos históricos. Y algunos habrán leído «Veinte años después», con menos espadas y más descripción de la época en que se desarrolla, con la derrota y ejecución de Carlos I de Inglaterra frente a la rebelión de Cronwell y la dictadura impuesta por el cardenal Mazarino a toda Francia, y la sublevación de gran parte del pueblo francés, sobre todo en París, de lo que se llamó la «guerra de la Fronda». Pero estoy seguro de que muy pocos habrán leído «El vizconde de Bragelonne», mucho más una novela política que de aventuras.

Y a la vuelta de mis cortas vacaciones en la Costa Tropical (que bien suena, ¿verdad?) me he visto inmerso en nuestra particular «guerra de la fronda», con todo el mundo mediático sumido en lo que se denomina «el procés», que ha conseguido desbancar de las noticias de TV, de radio o de prensa digital y escrita al fútbol.

He dejado la prensa digital; leo algunas noticias de la prensa escrita, empezando siempre por la última página, y he vuelto a mis novelas y algo de historia. Es decir, he continuado con «El vizconde de Bragelonne».

Sé perfectamente que Alejandro Dumas no está considerado como uno de los grandes novelistas históricos, pero creo que ha sido fundamentalmente porque «Los tres Mosqueteros» lo encumbró en las novelas de aventuras como es cierto, pero creo que la importancia que los críticos literarios le han dado a esa obra ha impedido su reconocimiento como estudioso de la vida política del siglo XVII francés, y sobre todo del final en Francia de la figura del «favorito» y la plena responsabilidad del monarca y su poder absoluto. Lo que llevaría ciento cincuenta años después a la Revolución Francesa y a un nuevo mundo. El final de los favoritos nos hubiera venido muy bien a nosotros.

Estoy escribiendo estas líneas el 21 de septiembre. Y Uds. las leerán el 1 de octubre. Estamos en nuestra particular «guerra de la Fronda». Espero que haya terminado cuando llegue a sus manos y haya comenzado un proceso de diálogo. Porque no tenemos aquí a D’Artagnan ni al Conde de la Fere. Ni a Dumas, que lo podría escribir para nuestros descendientes.