Hace un par de semanas leí una frase que me encantó: La bondad es el punto más elevado de la inteligencia. La frase está utilizada en un artículo escrito por José Miguel Valle, pero ya la había empleado antes el filósofo José Antonio Marina al referirse al sistema educativo que impera en las sociedades occidentales, donde lo que ha primado es la búsqueda de la “verdad” en detrimento de la búsqueda de la mejor forma de vida para todos.

Es cierto que para ser bueno primero hay que ser inteligente. Muy inteligente. Aunque este tipo de inteligencia no haya sido la más valorada en nuestro modelo educacional, y aunque llegue incluso a no entenderse en algunos casos por lo distinta. ¿Cómo se puede primar el bien común frente al interés personal, mirar hacia el lado que involucra a muchos, o a unos pocos, aun cuando esto signifique dejar los propios objetivos a un lado?

Se puede porque la bondad hacia los demás da la vuelta y nos llena. Y quien es inteligente sabe esto.

La inteligencia bondadosa es posible porque la persona mira a través de los ojos de lo común, y lo común se convierte en el objetivo individual que se llena de lo compartido y se ve a si mismo en lo compartido.

Para ser bueno hay que salir de uno. Y esto ya es bastante inteligente. La mayoría de nosotros no tiene la más mínima idea de cómo se hace para salir de uno mismo. Los inteligentes por el contrario, rápidamente localizan esa salida; de hecho, es la salida más importante para ellos porque es la que los hace más libres.

No vivimos para conocer, como hubiera podido argumentar Aristóteles para tratar de convencernos de la importancia que tiene poder entender el qué o el por qué de las cosas. Conocemos para vivir porque el conocimiento nos permite entender, evaluar y elegir la mejor opción. Y la mejor opción siempre es la que tiene más amplio alcance, la que hace bien a cuantas más personas mejor.

La bondad tiene ese efecto tan deseable de convertir lo que toca en armonía, generosidad, cuidado, alegría… Hay que ser muy inteligente para entender que la acción bondadosa se realiza en otros pero es a uno mismo a quien devuelve el mayor beneficio. No conozco mayor calma que la que deja en nuestro interior la sensación de haber creado algo bueno para más personas (o animales, o Naturaleza en su conjunto) además de para nosotros mismos. Sin embargo, no se me ocurre qué beneficio a largo plazo puede tener cualquier otra inteligencia que de partida no ofrezca la virtuosa cualidad de lo bondadoso. Sin bondad estamos perdidos. De hecho, si no fuera por la bondad no habríamos podido evolucionar como especie.

En mi caso esto es algo que siempre he tenido como una brújula en mi experiencia vital; pero los animales, y en especial los caballos con los que tengo la suerte de trabajar para ayudar a otras personas, me han demostrado que la bondad tal como la entendemos los seres humanos es además la cualidad fundamental de la vida. O mejor dicho un equivalente humano a lo que en la Naturaleza es cooperación. En los animales no se puede hablar de bondad, pero se puede hablar de beneficio compartido y de bien común, y al final estas palabras comparten la misma raíz.

Los animales también conocen para vivir. Ellos otean y olfatean todo lo novedoso con la única intención de saber cómo actuar. Y todo lo que hacen es en sincronía, uniendo la acción individual al bien de la comunidad. Los animales no tienen nuestra capacidad de análisis ni falta que hace. Lo analítico complica de tal modo las cosas que la bondad se pierde en el océano de las ideas. La bondad es un acto espontáneo, y por eso precisamente no es producto de ningún procesamiento mental, ni es un derivado de la inteligencia en sentido convencional sino el punto álgido de esta como decía al principio.