Todos los días soy testigo del efecto tan dañino y demoledor que provoca vivir bajo la tiranía del miedo, un miedo disfuncional, poco efectivo por ser mal gestionado. De ahí la necesidad de hacer llegar estas reflexiones a todas las personas que son víctimas de él.
El miedo es una emoción innata e universal, ¡Todos la tenemos, todos la sentimos ,pero no todos la percibimos por igual! Lo que para unos representa oportunidad de cambio, crecimiento y desarrollo, para otros simboliza pérdida de libertad, no ser dueño de sus actos y conductas.
El miedo es el mecanismo de defensa frente al peligro. El que moviliza el comportamiento de huida, ataque o parálisis cuando la persona se siente amenazada por un peligro real o imaginario, y el que habla de nosotros etiquetándonos como valientes, débiles o cobardes en función de lo que experimentamos.
La experiencia me ha demostrado lo útil y beneficioso que resulta para las personas racionalizar los miedos. Reconocer su presencia, experimentarlos como algo positivo y ventajoso es lo que siempre funciona, para ordenar y sistematizar un comportamiento eficaz y competente, que ayude no solo a satisfacer la sed natural de ambiciones y aspiraciones, también a hacer realidad retos ilusionantes, como son los sueños y los deseos.
¡El miedo será más/menos rentable para la persona en función de la interpretación que se haga de él! Fomentar su escucha, consolidar el hábito de descifrar e interpretar su mensaje y las advertencias que en él se hace, es lo que da permiso a nuestra mente para actuar, entender y desbloquear las inseguridades.
El miedo es nuestro sistema de alarma frente a entornos donde nuestra seguridad puede verse comprometida, y es por ello por lo que la persona no puede ni debe evitarlo.
Para dar una respuesta eficaz a esta emoción lo primero que tenemos que aprender es a dimensionar nuestro miedo en relación a lo que consideramos una amenaza para nosotros.
Freud en su teoría sobre del miedo, diferenciaba entre dos tipos: miedo real, cuando la intensidad está en correspondencia con la dimensión de la amenaza, y miedo neurótico, cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene relación ninguna con el peligro.
Dimensionar esta emoción de forma correcta es lo que dota de flexibilidad a la conducta de la persona para adaptarse al entorno.
El miedo debe ser etiquetado como positivo o negativo en función del resultado y no por la sensación que nos provoque. Nuestras decisiones son el resultado de nuestras emociones y estas lo son de cómo interpretamos lo que vivimos. Hay que aprender a gestionar el miedo de forma funcional, tener miedo hacia lo que realmente suponga una amenaza para nosotros, y no tener miedo sin un motivo real y tangible, cuando los miedos son parte de la imaginación y no de la realidad, cuando los miedos son resultado de conductas aprendidas y de creencias disfuncionales adquiridas en la infancia, cuando nos conducen a comportamientos de bloqueo y/o parálisis, amenazantes para la autoestima y para el crecimiento emocional.
Mi consejo es “vivir al filo de lo imposible” pero racionalmente, no dejar de hacer aquello que nos ilusiona y apasiona por temor a fracasar. ¡Si en la vida no arriesgas y juegas, no ganas! Dejar que el miedo limite nuestros sueños, deseos y necesidades nos convierte en perdedores. Cambiar esta identidad pasa por educar nuestra respuesta frente a él. Aprender a gestionar el miedo de forma adecuada significa evitar que esté secuestre nuestra capacidad de pensar y actuar.
“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos” (Marie Curie).

