Hace unos días, una paciente me hacía cómplice de lo que había vivido… “Jamás pensamos que fuese a suceder, pero sucedió” …
Esta encantadora mujer se dispuso a disfrutar de lo que con tanta ilusión habían planeado con su marido. Una semana de desconexión en el extranjero. Minivacaciones tranquilas alejados del mundanal ruido, la rutina diaria y la esclavitud del reloj.
En sus planes no existían imprevistos capaces de arruinar la falsa seguridad en la que vivían, estado de calma interior por el convencimiento erróneo de que ante la enfermedad estamos blindados. Esa ignorancia voluntaria a la que con facilidad recurrimos todos con intención de ocultar la fragilidad humana, creernos infalibles a vivir el infortunio, engañarnos pensando que somos invencibles, estamos libres de sufrir desgracias o desventuras porque son siempre los demás los que tienen la mala suerte.
Nunca imaginó ni supuso que un suceso desafortunado como el que explicó a continuación, ajeno al bienestar esperado fuese atropellar el entorno de lo real. Fuese a causar un estado de desdicha e infelicidad en su soñado periodo de descanso. El estado comprensible de frustración que experimenta una persona cuando la realidad difiere de lo ideal, cuando de forma repentina e inesperada, sin avisar, las circunstancias cambian, entrando en contradicción con deseos y anhelos.
En una de las excursiones, su marido sufrió un mareo repentino. Tras intentos de recuperación sin éxito, fue trasladado en ambulancia al hospital más cercano por sospecha de ictus.
Un huracán de pensamientos azotó su mente. Los desencadenantes de la “soledad no deseada” iban a su acecho. Súbitamente, emociones y sentimientos de miedo y preocupación afloraban al exterior a la voz de enfermedad, país extranjero, lejanía de la familia e incertidumbre.
Pasado los días, una lección de vida con desenlace feliz, descarte de esta grave patología, que deja huella por su tensión.
Experiencias de esta naturaleza son las que muchas veces necesitamos para recordar nuestra vulnerabilidad emocional, sensibilidad al entorno tras un cambio de escenario vital. Sentir la tristeza causada por la pérdida de un ambiente tranquilo o la ganancia de angustia por el peor de los escenarios.
Experiencias no siempre negativas, también constructivas. Basadas en la positividad por cómo la mente las utiliza. En el caso que nos ocupa, sin duda para actualizar lo bueno que tenemos.
En su pasear por el centro, se percató de las diferencias existentes en relación con los hospitales españoles. Le sorprendió llamativamente la soledad reinante en las habitaciones, a través de puertas abiertas comprobó como en ese país el acompañamiento de familiares no es lo normal ni habitual.
Con pesar y desconsuelo percibió el dolor de la ausencia, aquello de lo que su marido carecía por su compañía. El que causa la necesidad insatisfecha de compañía de familiares y amigos, la privación de miradas cómplices, palabras o gestos de cariño cuando tanto se necesitan, el desamparo, falta de respuesta al temor, angustia o desconfianza, de verse en un entorno extraño, no habitual, aun sabiendo que es el adecuado para mejorar y aliviar sus males.
Pero también le reconfortó la resiliencia transformadora que surge en ellos, tras comprobar en su marido, la capacidad de aprender de lo sucedido para crecer, evolucionar y adaptarse mejor al futuro.
Una experiencia sin duda necesaria de compartir para seguir motivando en todos nosotros la responsabilidad de mitigar, en entornos hospitalarios, la precariedad de vínculos afectivos. Mitigar fomentando la compañía, y en el caso de que esta no exista, involucrándonos en los planes de los Servicios de Salud destinados a suministrar figuras de acompañamiento.
Nosotros, los profesionales de la salud debemos ser los primeros. Tras el abandono del hospital, el paciente no solo recordará cuál fue lo que motivo su ingreso, también el trato recibido por sus familiares y médicos, su forma amable de expresarse y comportarse.

