Agotados e ilusionados, y por este orden, es como se sienten en estas fechas los pacientes que vienen a nuestras consultas de psicoterapia psicoanalítica.

Nos hablan de las oportunidades de ocio para estos días, pero también en algunos casos nos hacen partícipe de su preocupación de no ser capaz de desconectarse de su trabajo. Esta actitud expectante capta nuestra atención y también nuestro interés.

El periodo estival marca el fin de la anualidad laboral. Lógico, normal y natural es sentirse agotado tras un año marcado de encuentros y desencuentros y también lo es sentirse ilusionado ante la perspectiva de disfrutar por fin de unas soñadas y añoradas vacaciones, un deseo presente en todos nosotros.

El problema surge cuando nosotros los médicos detectamos ese estado de sobrecarga, de saturación, de sentirse rebasado por los acontecimientos como algo irregular y patológico, y lo diagnosticamos y etiquetamos como pródromos del Síndrome del Profesional quemado / Desgaste profesional/ Síndrome de Burnout.

Una dolencia, que se ha visto incrementada exponencialmente en los últimos años, descrita y tipificada, a día de hoy, por la OMS como enfermedad laboral “por estar circunscrita al entorno laboral y no a otras situaciones de estrés en otras áreas de la vida”.

Pero ¿cuáles son sus síntomas, a quién afecta y cómo se llega a ella?

La OMS define el Síndrome de Burnout como “Agotamiento emocional consecuencia del estrés laboral crónico”.

Los pacientes aquejados de este mal presentan una pérdida de facultades y de recursos emocionales para afrontar y gestionar situaciones de conflicto presentes en el desarrollo de una vida normal laboral, lo que les conlleva a adoptar una actitud distante de cara al trabajo, como mecanismo de autoprotección, frente a la ineficacia e ineptitud para realizar adecuadamente su actividad o función laboral.

Entre los principalmente afectados por el Síndrome de Burnout se hallan, entre otros profesionales, educadores y docentes, médicos y profesionales de la sanidad, psicólogos, jueces y abogados, policías, trabajadores sociales, religiosos…. Profesiones cuya actividad laboral está centrada en prestar ayuda ante el padecimiento humano: sufrimientos, angustias y penas, así como en el dolor, resignación e infelicidad.

Pero no es solo la pérdida de recursos emocionales y habilidades sociales para relacionarnos con emociones propias y ajenas lo que induce a entrar en este padecimiento, también lo es la falta de un salario justo emocional. Una sensación cada vez más extendida y generalizada en el actual entorno profesional.

Un entorno laboral donde el profesional no se siente valorado y reconocido, donde no existe una clara definición de sus funciones, donde sus perspectivas y decisiones no son tenidas en cuenta, donde no se tiene autonomía para planificar el trabajo y definir cómo llevarlo a cabo; produce la infelicidad de las personas. Si a ello, en ocasiones, se suma la falta de medios y recursos, y unas exigencias de trabajo por encima de las posibilidades del profesional, con toda seguridad que las largas horas dedicadas a trabajar imposibilitan una conciliación entre la vida laboral y familiar/personal.

Pero no todo lo que experimenta el paciente aquejado de este síndrome viene del exterior, también existen condicionantes internos que lo favorece que le lleva a estar en permanente estado de insatisfacción y frustración. Entre ellos cabe destacar: un alto nivel de auto exigencia y perfeccionismo, un desmedido carácter altruista, un pensamiento omnipotente y absolutista a la hora de marcar metas inalcanzables y poco realistas.

La importancia en divulgar la relevancia y síntomas de esta enfermedad es lo que permite hacer una prevención efectiva, un diagnóstico precoz y un tratamiento de éxito. El Síndrome de Burnout es antesala de enfermedades graves como depresión y ansiedad. Es por ello, por lo que nuestro objetivo no está solo en que se reconozca, también en que se desvanezca y desaparezca.