Bibliófilo Scarlatti KafiristánLuis Pomed Sánchez

La caída de Kabul, supuesto que este sea el término que cuadre a la ocupación de una ciudad que no ha opuesto resistencia alguna, nos ha pillado a los españoles disfrutando de nuestro merecido descanso vacacional. Tal ha sido la rapidez de los acontecimientos, que ha faltado un tris para vernos ante la tesitura de no saber a quién culpar de lo sucedido. Y eso sí que no. Porque podemos no entender muy bien lo que sucede allende y aquende nuestras fronteras, ignorar las causas y consecuencias de los acontecimientos de los que somos testigos, pero nunca, bajo ningún concepto, es de recibo que falte alguien a quien culpar. Afortunadamente, nuestra sociedad es muy consciente de la existencia de esta imperiosa necesidad y se organiza espontáneamente para satisfacerla, garantizando que incluso durante los días más extremos de la canícula hallemos en las redes sociales el número adecuado de cretinos de guardia. En esta ocasión, este preclaro gremio de opinadores lo ha tenido especialmente fácil, no solo porque sus lectores lo ignoramos todo —y algo más— sobre un país que ni siquiera somos capaces de situar en el mapa, sino también porque el largo periodo de tiempo durante el que se ha prolongado la ocupación de Afganistán ha hecho que quepa responsabilizar del fracaso a tirios y troyanos. Como incluso entre los cretinos hay rangos, quienes aspiran a la condición de cretino mayor no han dudado incluso en escupir sobre la memoria del centenar de militares españoles —cifra que incluye las sesenta y dos víctimas del accidente aéreo del Yak 42— fallecidos en las sucesivas misiones internacionales desplegadas sobre Afganistán, preguntando cínicamente ¿para qué han muerto?, como si cualquiera de las vidas segadas de ese centenar de compatriotas fuera tan fungible como las que viven estos mentecatos polígrafos.

Quienes no aspiren al cretinismo social o pretendan salir de él, quizás puedan aprovechar la ocasión para volver a aproximarse al maravilloso relato de Rudyard Kipling “El hombre que pudo reinar”, o “El hombre que llegó a ser rey”, que de ambos modos se ha traducido su sugestivo título. Por cierto, que provoca perplejidad el hecho de que a nadie se le haya ocurrido programar la brillante versión cinematográfica que, en 1975 y de la mano de John Huston, nos brindaran Sean Connery y Michael Caine interpretando, respectivamente, al hermano Daniel Dravot y al hermano Peachey Carnehan.

La película prescinde de la mayoría de los numerosos elementos masónicos que aparecen en el cuento, hurto que compensa con creces la participación en el filme de la modelo y esposa de Michael Caine, Bakira Baksh, cuya sola presencia es suficiente para convencernos de que, en ocasiones, son los humanos quienes ciegan a los dioses que quieren perder. El hermano Danny no frustra la expedición porque se ofusque en la ambición sino porque se despoja de sus atributos divinos y pretende volver a mezclarse con los humanos, confundirse con ellos, siendo así que ya le había sido reconocida, por su propio pueblo kafir, la naturaleza celestial. Cuando decide contraer matrimonio, Dravot se despoja de su majestad divina y se entromete en los negocios de los hombres, perdiendo desde ese mismo instante el respeto y lealtad de estos. Su ajusticiamiento por los mismos monjes que lo habían elevado a los altares y colmado de riquezas está cantada. El hermano Danny no ha sabido ser ese dios que los kafires precisaban y, a ojos de estos, se ha degradado desde la posición de Alejandro Magno, de quien tan buen recuerdo se guarda por aquellos pagos, a la burda posición de Utag el grande; no, Utag el terrible.