En estas fechas tan señaladas en las que uno escribe, los medios de comunicación se hacen eco del relato de una señora que, con el alias “Ariadna”, narra sus desagradables —Arcadi Espada dixit— devaneos con el expresidente Suárez a mediados de la década de los ochenta de la pasada centuria. Dos son los extremos de su testimonio que atraen poderosamente mi atención. Por una parte, dice ejercer una pretensión de reparación social que concreta en la supresión del nombre y apellidos del duque de la denominación oficial del aeropuerto de Madrid-Barajas. Por otra, sostiene —acaso imperturbable— que “España se merece conocer estos hechos”.
Vayamos por partes. Doña Ariadna tiene todo mi apoyo si lo que postula es la supresión de los apellidos añadidos a las grandes infraestructuras de transportes. Pero no debemos limitarnos al aeropuerto de la villa y corte. En lo ferroviario, volvamos al modesto Madrid-Chamartín, o al discreto Madrid-Atocha, sin puertas abiertas o cerradas. La reciente proliferación de apellidos trae a la memoria la reacción de Agustín de Foxá ante la augusta creación del césar invicto, quien, mediante el decreto de unificación de 20 de abril de 1937 integró “bajo Mi Jefatura” (en mayúsculas en el original) a todas las fuerzas políticas legalmente existentes en el territorio dominado por el Gobierno de Burgos con la denominación de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista. A este largo oxímoron añadía don Agustín el estrambote “y de los grandes expresos europeos”. Una de dos: O volvemos a la senda de la sencillez, o generalizamos los apellidos en las estaciones y apeaderos de ferrocarril, puertos, aeropuertos y helipuertos, paradas de taxi y marquesinas de autobús. Que la España que utiliza el transporte público también tiene derecho a la prosapia.
Más me inquieta la afirmación de que España “se merece” conocer los hechos que dice narrar Ariadna. No ya porque esos hechos no podrán ser demostrados nunca, pues a la pertinaz lentitud de la justicia española se añaden en este caso las lógicas dificultades para el emplazamiento personal del acusado y para la práctica de pruebas externas que corroboren el testimonio de la relatora. Lo más grave es pensar que España se merece la proliferación de personajes como doña Ariadna; que algo malo hemos hecho como sociedad para ser “merecedores” de tamaño castigo. Preocupa, y mucho, que doña Ariadna haya llegado a esta conclusión.
Pero preocupa más que algunos partidos políticos, bien es cierto que de natural carroñeros, y medios de comunicación, se hayan visto en la conveniencia o necesidad de dar pábulo al “testimonio”. Adviértase que el testimonio procede de quien es víctima, porque en nuestro degradado ordenamiento jurídico la condición de víctima se alcanza con la simple formulación de una denuncia. Y si hay víctima, inexorablemente habrá victimario.
Que esa víctima haya adoptado, o se le haya adjudicado, el nombre de Ariadna, nos pone sobre la pista del propósito último perseguido. Pues no debemos olvidar que Ariadna ayudó a Teseo a vencer al minotauro y a escapar del laberinto con el ovillo que ella misma le proporcionó. La(s) nueva(s) Ariadna(s) pretenden vencer al minotauro de la Transición, un monstruo terrible que si no se puede vencer directamente se logrará domeñar difamando cumplidamente a sus cabezas más visibles. Se logrará así arrumbar el consenso, verdadera condición de posibilidad de nuestra democracia constitucional, que hizo posible la obra de ese constituyente evolutivo al que con acierto se ha referido Eloy García. El apodo está estupendamente elegido pues aquí no se dan puntadas sin hilo, aunque el hilo sea grueso y el ropaje resultante basto y burrero.

